Represión


Autor: Duncan Idaho

E-mail: a_neutro@yahoo.com

Artículo Neutro


Exactamente a un cuarto para las cinco, Rafael se observa en el espejo y decide que la ropa que luce se ve bien. El terno liso, suave y limpio como cabría esperar para el día de su graduación hace juego con su recién comprada corbata de minúsculos detalles aguamarina

A sus 23 años, siente que su padre, de estar vivo, se sentiría orgulloso de sus logros. "Estudia hijo, para que puedas ser feliz luego". Un conteo rápido en su mente entrenada para cálculos, le indica con bastante certeza que su padre debió haber repetido esta frase en sus últimos 2 años de vida, más veces que las que dijo gracias. No solo es una afirmación cierta, sino que también revela lo seguro que estaba su padre de morir antes de ver a su hijo graduado

Su madre, su enamorada, el resto de sus familiares y sus amigos cercanos sienten por él, el mismo orgullo placentero y reconfortante que debió sentir su padre cuando su niño Rafo entró a la universidad entre los diez primeros puestos, y el que sentiría hoy, sin duda, al verlo con la toga y el birrete que por un precio exagerado la Universidad lo ha obligado a alquilar.

Vanesa, una chica delicada, dulce y escandalosamente guapa, espera arreglada, olorosa y ansiosa que Rafael, el amor de su vida, termine de arreglarse y baje al carro para llevarlo a la ceremonia de graduación que la Universidad y un comité burocrático, lleno de alumnas chanconas y sin vida social, han organizado. Le parece graciosa la paradoja de ser ella la que espera en el auto a que él se aliste, y no él a ella como ha sucedido siempre desde que se conocen. Vanesa va a descubrir con los años que algunas paradojas como ésta son graciosas, ...pero otras no

A diez para las cinco, Rafael sigue frente al espejo recordando a su padre decir "Estudia hijo, para que puedas ser feliz luego." Y se pregunta a qué se refería exactamente su padre al decir "luego". Para cualquier persona, cercana o no a él, Rafael lleva una vida feliz y dichosa. Ha terminado la universidad, bastante joven, con notas sobresalientes; tiene una familia que lo adora; y una enamorada femenina, tierna y bella que daría la vida por él sin pensarlo dos veces.

Rafael es inteligente, apuesto y tiene un mundo de posibilidades personales y profesionales por explotar, pero más que sonreírle, la vida parece hacerle una mueca irónica.
 

Por momentos piensa que la frase de su padre, repetida hasta el hartazgo antes de morir, no termina donde parece terminar, sino más bien continua para indicarle el momento exacto en que va a empezar a ser realmente feliz. "Estudia hijo, para que puedas ser feliz luego", "luego... luego...""luego de qué padre, por favor continúa". Pero la frase muere ahí y no está su padre presente para inventarse una nueva línea y repetirla una y otra vez como una letanía eterna.

"Luego de qué padre" pregunta de nuevo, pero esta vez en voz alta, a la imagen de él mismo que el espejo refleja con frialdad. Pero la imagen lo mira con el mismo desconcierto y temor que recorren su cuerpo, y decide, una vez más, quedarse callada.

En el fondo Rafael lo sabe. Tal vez esperar a que todos. su madre, sus parientes, Vanesa y todos sus amigos, se sienten alrededor de la mesa de madera, larga y laqueada, que su madre ha llenado de sabrosos platos para celebrar su graduación; pedir la palabra y observar atentamente y con cierto placer sádico el rostro de cada uno de ellos, mientras va relatando con lujo de detalles cada uno de esos encuentros sórdidos y denigrantes que ha vivido repetidas veces en el baño del Cine Colón, donde a veces, para poder coger bien un pene y chuparlo, ha tenido que manchar de orines las rodillas de sus jeans nuevos

La superficie lúcida y racional de la mente de Rafael, que durante sus años de pre-grado lo ayudó a resolver los problemas matemáticos más inverosímiles e imprácticos, que lo hace elegir con cuidado las palabras exactas cuando se haya en la mitad de una exposición importante, esa misma superficie le dice con incalculada frialdad y como si de una opción simple se tratase, que es mejor decir la verdad de una buena vez y no seguir hundiendo sus posibilidades de ser feliz en el fango pantanoso de un engaño prolongado e irreversible.

Pero no es tan fácil, no señor. Es más fácil encerrarse en el cuarto y estudiar, haciendo de cuenta que el mundo no existe, que hablarse uno mismo con franqueza inmisericorde. Es más fácil resolver un problema de Termodinámica complejo, que mirarse a la cara en el espejo del baño todas las mañanas y preguntarse "¿es que acaso soy gay?". Es más fácil ingresar en un cine porno de mala muerte como incógnito, hacerse llevar por alguno de los parroquianos del lugar a alguna zona oscura como incógnito, y dejarse penetrar como incógnito, que enfrentarse valientemente a esta condición y decidir que se puede ser feliz siendo honesto con uno mismo y con los que nos quieren

A cinco para las cinco la fuerza con que el claxón de Vanesa hace vibrar sus tímpanos lo arranca de cuajo de su estado de concentración atemporal y lo coloca de regreso sobre el parqué del piso de su cuarto. Mira nuevamente su terno y se sacude con la mano una pelusa infame que osada había decido posarse sobre su hombro. Se alisa el pantalón con ambas manos y decide en último minuto que tal vez, no sea esa noche el momento propicio para empezar ningún cambio.

Que es mejor esperar a que las cosas vayan cogiendo curso: que consiga un buen trabajo, que Vanesa acabe la universidad y que su madre termine de cancelar la hipoteca de la casa ahora que no tiene que pagar más boletas universitarias. Y quizás en ese momento él pueda pensar en tomar el control de su vida. Y por partes y de a poco, vaya, una por una, cobrando las cuentas nunca pagadas, que la presión familiar y social han ido dejando sobre él. Aunque quizás no sea así, quizás decida que tampoco aquel sea el momento adecuado y se siente a esperar a que Vanesa consiga un buen trabajo, que su madre ahorre lo suficiente para comprarse un carro nuevo y que él cumpla los 30 años. Y tal vez ese tampoco sea un buen momento y decida, una vez más alargar el instante en que de una vez por todas se digne a tomar el toro por las astas y se encamine valientemente hacia la felicidad.

Por lo pronto, saluda a Vanesa con un beso, se sienta en el asiento del copiloto, respira hondo y piensa, por segunda vez en el día, que su padre de haber estado vivo, se hubiera sentido orgulloso de él en ese momento. Así él no pueda decir lo mismo de sí.

El viento de la tarde se cola por la ventana y sacude el pelo de Vanesa que ríe divertida. A su lado Rafael solo quiere llorar.

 

Viernes, 27de diciembre de 2002
Duncan Idaho

 


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