La pirámide de la sociedad peruana.

«La discriminación, en su sentido más amplio, es el principal freno del Perú.»

 

Este artículo fue publicado en  «Lo moderno y la exclusión», capítulo 4 de La arqueología de la modernidad, DESCO, Lima, diciembre de 1998

Autor: Oscar Ugarteche

E-mail: orujos@aol.com


Oscar Ugarteche nació en Lima, creció en Arequipa, se educó en Nueva York y Londres. Actualmente reside en México.
Es ensayista y autor de la novela "Babilonia la Grande", Alfaguara, Lima, 1999; "La Arqueología de la Modernidad", DESCO, Lima, 1999, 2da ed, set 2000; "India Bonita (o del amor y otras artes)", MHOL, Lima, 1997. Se gana la vida como economista financiero internacional. Fue uno de los fundadores del Movimiento Homosexual de Lima (MHOL) en 1982.


 

 

En la solapa de este libro de Oscar Ugarteche dice: «Este es un ensayo sobre la realidad peruana de fines del siglo XX. En un ejercicio de reflexión sobre la modernidad y la realidad de ésta en el Perú actual, el libro (re)construye una visión nacional desde la diversidad y (re)presenta un país tensado por sus propias contradicciones sociales, raciales y simbólicas.»

La sociedad peruana es estamentaria. Se construye como una pirámide donde se montan los que tienen mayor poder sobre los que tienen menos poder, y en la cúspide se asientan los blancos, varones, heterosexuales, saludables y con dinero. Ésta es una tara del siglo XVIII según unos y del siglo XVI según otros. Los estamentos se consolidan sobre la base de ingresos económicos, pero, además, de simbología social. Quijano (1980) ya planteó el problema de la dominación cultural en el Perú. Heller (1988) sugiere que las sociedades premodernas son jerarquizadas. Pero añade que en este tipo de sociedad pensar en la igualdad es imposible porque nadie se puede imaginar estar en la posición del otro. Quizá por eso es que el «trepar» tiene las características especiales que se encuentran en el Perú. «Cholear», eleva socialmente al que tiene menos, por ejemplo, como sostiene Twanama. Puede ser que el que «cholea» tenga pocos ingresos, mas el mero hecho de mostrar discriminación lo afirma socialmente. En las clases altas ha surgido un fenómeno nuevo: el hablar de los «caras de huaco» o de los «indígenas» con referencia a lo traicionero y de mal olor. Éstas sí son las clases altas, blancas, ricas, etc. Ésta es la expresión del Poder que se esconde detrás de la fachada según la cual en el Perú no hay racismo. No «cholean» strictu senso. Digámoslo así: «cholear» se ha proletarizado y la discriminación se ha sofisticado. De allí comienza el sistema de discriminaciones hasta el piso de los excluidos, o dominados excluidos para ser aún más exactos. El dominado excluido no tiene derecho a nada y provoca la discriminación absoluta del resto de la sociedad. De este modo, por ejemplo, la mujer quechuahablante es dejada de lado, los niños y niñas quechuahablantes son dejados de lado, y más abajo están los ashaninca y las tribus de la selva. Y más abajo aún, los ashaninca analfabetos, homosexuales, y así de manera escalonada se desciende hasta el último círculo del infierno. La lógica de la administración de la salud parece obedecer a la cúspide de la pirámide del Poder, que a su vez no es quizá blanco si bien se conduce como si lo fuera. Y entonces los funcionarios públicos hacen caer el peso de su ínfimo poder sobre cada uno de los pacientes que llegan a una posta médica que ya fue discriminada por estar en zonas de pobreza o extrema pobreza, quechuahablante, en la sierra, y que por lo tanto reciben ingresos muy magros del gobierno central. En estos tiempos, una operación de apéndice en Huancavelica en un hospital publico le cuesta al paciente 500 soles.

 

El principio de la discriminación es fatal [...], aunque los libertarios insistan en que el derecho a discriminar es un derecho natural porque el mercado discrimina.

Los prejuicios se materializan mediante acciones reales sobre personas reales, quizá sin tomar en cuenta que por el mero hecho de ser seres humanos tienen el derecho a ser respetados, aunque estas personas tengan vidas que pueden valer cero en términos de productividad marginal. Ojalá la productividad de las personas les confiriera la esencia de seres humanos. La propiedad tampoco da esa esencia. Por eso es esencia. Las discusiones sobre el alma de los indios acabaron en el siglo XVI, aunque actuemos todavía como si los blancos o blanqueados tuvieran alma y el resto no importara. El principio de la discriminación es fatal para estos fines, aunque los libertarios insistan en que el derecho a discriminar es un derecho natural, porque el mercado discrimina. En una sociedad plagada y trabada por las discriminaciones, es una inmoralidad, insisto. Sea discriminación pública o privada. Y se ve acentuada en la lógica de que el que más tiene, más puede, que rige hoy en día más que nunca, aunque rigió siempre.

El otro lado de esta cultura es no expresar la realidad. En el mundo del siglo XVIII la apariencia y lo simbólico de la condición social eran elementos como la cortesía al extremo, ceder ante lo extranjero (siempre mejor, por blanco y por extranjero), no decir que no jamás (porque es de mala educación), no preguntar mucho (por no ofender), jamás decir lo que se piensa {por no delatarse). Esto aparece claramente reflejado en las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma. Cuando esta actitud se traslada al mundo del siglo XXI, torna medio complicado hacer negocios, por ejemplo. Traten de comprar una casa en Cusco y verán cómo el precio muta cien veces, y a la hora de la firma se termina en que el vendedor no vende, comprador cheque en mano y todo. Peor, hagan que un candidato sea relativamente fiel a su discurso político. Jamás. Que alguien piense en el «interés nacional». Nunca. Por último, mirar el mundo, tener una visión del mundo... Imposible. Miramos el mundo sólo de costado y tras una tela. No hay un Instituto de Relaciones Internacionales en un país de 23 millones de habitantes, con 4,000 Km de costa y cinco fronteras vivas, Y muchos han tratado de hacer eso. Es una imposibilidad. Tener análisis internacionales interesantes en los medios, imposible. Sólo los importados. Tener una posición negociadora. ¿Una posición? Imposible, es de mala educación. Estas son taras que cuando las juntamos con los sistemas de discriminación acaban en que somos una sociedad de descuartizados entre el siglo XVIII y el XXI. Hemos entrado al siglo XXI con estas taras que son tan insoportables como la brutalidad y la prepotencia con que los que no tienen poder expresan el escaso poder que tienen (dieciséis soldados descuartizando a dos estudiantes japoneses porque se pasaron un puesto de vigilancia en la selva y no hablaban castellano, por ejemplo). Un chofer de combi que voltea a la izquierda estando en el lado derecho de una avenida principal en cualquier ciudad del país, igualmente abusa de su escaso poder (y es un peligro público). Un guachimán... etc. En el siglo XVIII colonial no existía el respeto por el otro, porque el «otro» no existía. Mientras en París se discutía la igualdad, la fraternidad y la libertad, en las colonias ondeaba la bandera de los reinados europeos, con toda la estupidez (parafraseando a Henrique Urbano) posible.

El nuevo Perú que emerge, con sus fragmentos, trae consigo la realidad de la dispersión en beneficio de la globalización. El proceso de desindustrialización, la reprimarización de las exportaciones, la autogeneración de empleo, la juventud de la nueva población, las consecuencias de las migraciones de la sierra a la costa y la selva de décadas anteriores, las consecuencias de la guerra interna de 1981 a 1992, la nueva y fuerte presencia de mujeres en la fuerza de trabajo, la reaparición de epidemias son parte de lo nuevo. Algunos de los temas tienen un amargo sabor a antiguo y olor a rancio. Tanto como el regreso de la pacatería (del siglo XVIII) al poder político (hay que rezar el rosario, qué vergüenza) en nombre de lo liberal. Los defensores de las políticas así llamadas liberales afirman para el siglo XXI el poder perdido desde el siglo XVIII. Son unos conservadores reaccionarios que están dispuestos a conferir a los prejuicios del siglo XVIII patente de corso para gobernar mejor un país dividido. Todo esto en nombre del individualismo.

 

El siglo XVIII vive aún porque no nos queremos y no estamos reconciliados con nuestras diferencias étnicas, sociales, culturales, históricas, raciales y geográficas.

Cuando la diplomacia económica no se utiliza en beneficio del bien común y el modelo de crecimiento da muestras de no ser distributivo, las cifras del PBI son maquilladas y las estadísticas sociales están suplantadas, la realidad golpea a la puerta. Para atender a esa realidad se constituyen programas de focalización, de erradicación de la pobreza, o programas de lucha contra la pobreza. O, mejor todavía, se actúa como si nada pasara. Carreteras y escuelas resuelven el problema, siguiendo el lema del dictador Machado en las elecciones cubanas de 1934. Sólo que no estamos en Cuba y tampoco en 1934. La articulación del mercado interno mediante las carreteras es un requisito del desarrollo, sin duda. Pero no es el único. La construcción de escuelas y postas medicas es una demanda social. Una demanda mayor: escuelas equipadas, cuyos maestros tengan un salario digno y los alumnos capacidad de estudiar, y postas con medicamentos que mantengan la salud del cuerpo y no la esperanza perdida.

Para poder tener políticos modernos, primero hay que tener una apreciación moderna de la política. Los peruanos no la tenemos, porque carecemos de una visión moderna de nosotros mismos. El siglo XVIII vive aún porque no nos queremos y no estamos reconciliados con nuestras diferencias étnicas, sociales, culturales, históricas, raciales y geográficas.

1. La geografía y el género de la pobreza

El Perú es un país que vive de espaldas a su pasado glorioso, del cual se enorgullece mostrando las ruinas de las culturas inca y pre-incas. El pasado glorioso es la vergüenza del presente y lo que hay que olvidar, cubrir, distorsionar, homogeneizar, y «blanquear». La geografía de ese pasado glorioso está en la sierra: desde las ruinas apoteósicas de Machu Picchu y Ollantaytambo hasta Chavín de Huántar. Ése es un pasado tan vergonzante en el presente, que los departamentos más pobres del país son: Cajamarca, Huancavelica, Apurímac, Amazonas, Huánuco, Puno, Cusco y Ayacucho. Salvo Cajamarca, todos los otros sumados no llegan a representar el 12% del PBI del país. Podríamos hacer desaparecer esos departamentos más Tumbes (0.52% del PBI total) y no pasaría nada. Ucayali y Madre de Dios igualmente podrían desaparecer (1.2% del PBI total) sin generar un problema económico. Posiblemente sería un alivio porque es probable que en términos neoliberales se esté subsidiando a estos departamentos, que representan un costo y no obtienen beneficio. Claro, allí están los yacimientos mineros y esos sí son importantes. La gente que habita allí, aparentemente no. En términos de la racionalidad económica vigente, estos departamentos podrían convertirse en huertos o jardines, la población podría ser ahogada en el río, y todos seríamos más felices y más ricos. De allí que no haya políticas de desarrollo. Es más, mientras menos desarrollo, mejor. Se hace un uso más racional en términos costo beneficio del que se hizo nunca.

 

Si el mercado no se ocupa de la población, mala suerte. Parece que las glorias del Tahuantinsuyo y la fortaleza de la cultura aimará no nos acomodan a los costeños.

Si el mercado no se ocupa de la población, mala suerte. Parece que las glorias del Tahuantinsuyo y la fortaleza de la cultura aimará no nos acomodan a los costeños. Que el colapso del sistema de haciendas bajo el cual se desarrollaron, o no, los espacios de la sierra y sus poblaciones, no han sido asumidos con modernidad. Es decir, no son parte del mercado, ni son parte de la atención del Estado para el desarrollo. No tenían siquiera carreteras asfaltadas hasta la década del 90, aunque desde el gobierno del Gral. Odría se hicieron las carreteras afirmadas. Asfalto en la costa y tierra afirmada en la sierra era una lógica que mostraba la opinión pública de consenso sobre lo que la sierra merecía. Fue la opinión política nacional la que llevó a ese tipo de desarrollo.

La articulación entre la sierra y la costa mediante proyectos mineros, desde el sigloXVI, y más aún desde el siglo XIX, no ha dado como resultado ninguna mejora en las condiciones de vida de la población de esas partes de la sierra. Las riquezas de mercurio y la plata de Huancavelica, que dieron pie al moderno Tren Macho a fines del siglo XIX, dejaron al departamento en un estado tal a fines del sigloXX que los alcaldes bajaron a Lima a caballo en 1997 para dialogar con el presidente de la República... y éste no los recibió. La metáfora se podría repetir casi para cada departamento, y para cada distrito de cada departamento. El resultado de la marginación y la falta de incorporación a la vida económica nacional, conforme el desarrollo económico embargaba a la costa en las décadas entre 1950 y 1970, fue la migración de los varones, jefes de familia. Este fenómeno produjo una feminización de la pobreza en la sierra rural desde la década del 70. La interrogante es por qué, luego de la reforma agraria, la migración a la costa y la selva se mantiene en las décadas del 70 y 80.

Si bien la negación de la sierra —antes y después de la reforma agraria— es mayor que la negación de la selva en cuanto aporte económico, no lo es en cuanto aporte cultural. La selva se encuentra relegada como producto de su propia geografía y de la falta de esfuerzos estatales por articularla al resto del país. El tren de la Sierra Central debió terminar en Tingo María. Ni siquiera el tren llegó allí. Quedó como una zona aledaña que vino a ser reconsiderada en los años sesenta con la propuesta de construir una carretera marginal de la selva que uniera las diversas partes de la selva alta y se entroncara con carreteras transversales que salieran a la costa. Ése fue un proyecto frustrado. Las migraciones a la selva y los esquemas de colonización quedaron igualmente truncos. No fueron revalidados los pueblos que moran en esos espacios donde conviven decenas de culturas estudiadas por diversos institutos como el CETA de Iquitos, por ejemplo. Quedó como un espacio que un grupo de investigadores y misioneros estudian para revaluar la cultura. Para la sociedad peruana quedó abandonada hasta la llegada del narcotráfico, cuando adquirió importancia por las razones equivocadas. Y pasó de la categoría de muy pobre a pobre. Los departamentos en esta franja son: Ancash, Madre de Dios, Loreto, Pasco, San Martín y Ucayali. La historia reciente nos indica que el ascenso de muy pobres a pobres se logra con el incremento de la producción de hoja de coca, y el auge de Sendero Luminoso que brotó con violencia en esas zonas, la excepción siendo Loreto. Los departamentos que tienen mayor aporte de PBI que de población son los vinculados al narcotráfico en la categoría de pobres. En términos de la teoría marginalista, los departamentos cuya contribución al PBI es menor que su contribución poblacional, restan al PBI nacional y por lo tanto son una carga para el resto del país. La realidad política es que dichos departamentos están siendo descartados, mas la población está allí presente y es sujeto de derechos civiles y políticos, además de contar con derechos económicos y sociales. Tienen un capital cultural alto y, como todos los seres humanos, derecho a una vida digna. Éste es un horror ante el cual los peruanos de principios del siglo XXI debemos estar conscientes de la importancia que debe tener el desarrollo de todos los peruanos y de todas las regiones para el futuro del país. La integración del Perú como un solo país comienza por su integración física para llevar a la convivencia plena de culturas diversas de costa, sierra y selva, hasta hoy segmentadas por las raíces históricas del pasado milenario en el espacio nacional. Luego tiene que venir el desarrollo para cerrar las inmensas brechas, donde Lima tiene el récord de aporte al PBI nacional y todo lo demás es ínfimo o muy pequeño.

La geografía de la pobreza muestra que a largo plazo los hombres dejan a las mujeres en el campo, donde ellas siguen trabajando la tierra. La reunificación familiar ocurre con una distancia de 20 años {1972-1993). Las mujeres tienden a seguir a los hombres veinte años después de que ellos las han dejado atrás. En consecuencia, existe una distribución normal de las regiones geográficas donde hay más mujeres que hombres en 1993. Es decir, aunque las mujeres llevan la carga de la extrema pobreza en el campo, a largo plazo migrarán y se convertirán en urbanas pobres(31.9% en Lima y 22.3% en la costa urbana). Esto no ocurrirá con 1a migración de Ia sierra a la selva, donde las mujeres no migran, aparentemente.

Los departamentos no tan pobres o aceptables son los departamentos de la costa y Junín. Junín es conocida como una zona de comerciantes y está articulada a la economía costeña mediante la agricultura. Huasa Huasi es la capital de la semilla de papa que se usa en la siembra en la costa, por ejemplo.

Según el mapa de la pobreza elaborado por FONCODES, hay cuatro categorías de departamentos o divisiones civiles del territorio en el Perú: muy pobre, pobre, no tan pobre y aceptable. La división se hace de acuerdo al porcentaje de población rural que hay en el área geográfica. A mayor participación rural, el área es considerada más pobre. Este criterio es tomado en consideración por FONCODES/UNICEF (1994). Lo que he hecho es utilizar la metodología de Naciones Unidas para ver los indices de masculinidad (número de hombres por 100 mujeres) por departamento. Lo primero que la evidencia presenta es la situación poblacional entre rural y urbana, y la he comparado entre 1972 y 1993.

En promedio, la población rural del Perú se ha reducido entre 1972 y 1993, de40.5% del total de la población a29.9%. La población urbana del Perú es un poco mayor que en el resto de América Latina,79.1% vs. 77%-78% para América Latina como un todo (Naciones Unidas, 1995). En todo caso, el proceso de urbanización es un indicador de modernización. Las sociedades modernas son urbanas y los centros urbanos están mejor provistos para brindar servicios básicos, empleo y esparcimiento que el campo, sin duda alguna.

Luego [...] vemos el número de mujeres por cada 100 hombres en áreas urbanas y rurales. Parece que hay un cambio en el número de mujeres por cada 100 hombres al paso del tiempo. En 1972 había más hombres que mujeres en el país (99.5 mujeres por 100 hombres). Las regiones muy pobres tienen índices de mujeres por hombres mucho más altos, evidenciando que los hombres las dejan atrás en el campo, cuando emigran a otras regiones menos pobres.

Después de una década de reforma agraria, en 1981, al comienzo de las actividades de Sendero Luminoso, el proceso de migración y el desbalance hombre-mujer continúa igual para los muy pobres. Era el quinto año de la declinación económica que había empezado en 1976 y los hombres emigraron a Madre de Dios y Pasco debido a la minería, y a San Martín, Loreto y Ucayali para cultivar coca.

La década de la guerra no cambia el patrón de migración y el balance de mujeres por cada 100 hombres permanece casi igual en 1993 que en 1981 para los departamentos muy pobres, con excepción de Puno y Cajamarca donde se recupera el balance, quizá porque las mujeres siguieron a sus hombres.

La migración hacia la zona productora de coca aumentó, resultando así una reducción de las mujeres por cada cien hombres, de 91.3 a 87.6 en San Martín entre 1981 y 1991 y de 92.9 a 90.6 en Ucayali en el mismo período.

La migración sostenida parece característica de los departamentos no tan pobres. La Libertad y Lambayeque tienen una relación de más de 100 entre las mujeres y los hombres (103.5 y 104.8). Se ha deteriorado desde 1972, después de la reforma agraria, y no ha recuperado su equilibrio, mostrando un flujo de salida permanente de hombres.

Lima, el punto favorito por la migración, muestra que hay 104.3 mujeres por 100 hombres y que dos fenómenos pueden estar ocurriendo: la migración de mujeres a Lima desde los departamentos muy pobres, puesto que sus hombres emigran para producir coca u obtienen sus ingresos en la minería durante los años de la guerra (1981 a 1992) ; y los hombres emigran de Lima hacia fuera, dejando a las mujeres atrás, siguiendo el mismo patrón doméstico. En 1993, Lima (104.3) tenia uno de los porcentajes más altos de mujeres por 100 hombres, sólo después de Ayacucho (105.1), y Madre de Dios (104.5). Los departamentos fronterizos parecen atraer migrantes hombres y en Tacna, Tumbes y Moquegua en 1993 hay más hombres que mujeres.

Se debería señalar que los mayores desbalances generados por la migración desde por lo menos los años 70 (aunque tal vez desde antes) no están de ninguna manera afectados por los programas de retorno después de la guerra. El número total de los que han retornado en 1995-1996 es de 2,960 personas distribuidas por Ayacucho, Huancavelica, Apurímac y Junín, de un estimado total de 600,000. Esto quiere decir que los programas del gobierno para poblaciones retornantes no son lo suficientemente atractivos y numerosos para incluirlas a todas. Desde la evidencia de largo plazo, parecería que la guerra aumentó la tendencia a la migración, aunque la mantuvo en los rangos que existían desde 1972. Para dar una idea de la situación, digamos que Lima duplicó su población entre 1971 y 1993 debido a la migración. Cusco la incrementó, Arequipa y Huancayo mostraron aumentos significativos y en menor medida lo hicieron otras áreas urbanas de la costa.

Se podría decir que en líneas generales el pasado glorioso inca y pre-inca es hoy un territorio abandonado donde hay una población irrelevante, que habla un idioma de segundo nivel, que es campesina y por lo tanto no demanda políticamente como los actores sociales en los centros urbanos, y está constituida en gran medida por mujeres, con lo cual, incluso si demandaran, tendrían poca relevancia.

 

Se podría decir que [...] el pasado glorioso inca y pre-inca es hoy un territorio abandonado donde hay una población irrelevante, que habla un idioma de segundo nivel...

Se podría afirmar, por lo tanto, que el Perú que entra en la globalización hereda una tara que se acentúa. La tara no es de la población que vive en estas regiones, sino de la clase política y de la sociedad costeña que persevera en ignorar lo que queda arriba del cerro o detrás del cerro, en una referencia evidente a la planicie arenosa de la costa. La respuesta de las poblaciones a esto es el regionalismo cerrado que se observa en Cusco, donde el forastero es mal visto y mal recibido, aunque no su dinero. La respuesta desde el gobierno moderno de los 90 es construir carreteras, postas médicas y escuelas. FONCODES pavimenta, construye puentes; Infes construye escuelas; el Ministerio de la Presidencia instala postas medicas. ¿Es eso atender la pobreza? ¿La pobreza no es acaso la falta de capacidad adquisitiva para cubrir el consumo básico de la persona y/o de la familia? ¿Tiene relevancia este tipo de proyectos en el corto plazo sobre la pobreza de las poblaciones atendidas por los proyectos? En el largo plazo es irrelevante porque se produce la migración. Es necesario invertir en actividades productivas y asistir a los campesinos en el aumento de su productividad agrícola.

2. La demografía y la política de la exclusión

Este texto forma parte del documento «The Dynamics of Exclusion: The Peruvian Case» elaborado para Project Counselling Services en coautoría con Eduardo Cáceres de Aprodeh.

El profesor Gerschenkron (1952) discute que lo que le da un sentido de valor a una persona está relacionado con el nivel de ingresos que esta persona recibe, porque es mediante sus ingresos que la persona siente el valor que él o ella tiene en la sociedad. Desde ese punto de vista, el sentido de autoestima y los derechos ciudadanos están relacionados con los ingresos. ¿Qué pasa cuando los niveles de ingreso son bajos? La persona se considera poca cosa. ¿Qué pasa cuando la persona no tiene empleo? La persona es excluida, no pertenece a una red social, pierde sus derechos. En algún grado, los filósofos clásicos liberales asocian los derechos con la propiedad. Es una apreciación subjetiva de la relación que existe entre ingresos y derechos humanos.

 

En algún grado, los filósofos clásicos liberales asocian los derechos con la propiedad. Es una apreciación subjetiva de la relación que existe entre ingresos y derechos humanos.

¿Qué ocurre en lo económico cuando una persona tiene empleo y no le alcanzan sus ingresos para vivir? Trabajan los niños y niñas para complementar el ingreso familiar y entonces comienza un tema espinoso que afecta la moral de la nación. El punto de partida es que el trabajo infantil creció como resultado de la depresión expresada como perdida del empleo, ingresos y nuevas inversiones en los países latinoamericanos. El Perú, en este marco, tiene la envidiable posición de líder en América Latina en la caída de los ingresos, con 32% de caída en tres años: 1988-1990. Empero, la caída de los ingresos no expresa la caída en las remuneraciones. En el Perú, al menos, las remuneraciones en términos reales cayeron 80% en Lima y 30% en Chachapoyas entre 1973 y 1994. Se observa una ligerísima recuperación a partir de 1993. Huelga decir que las remuneraciones son mayores en Chachapoyas que en Lima en 1994. Esto se relaciona con la actividad del narcotráfico en el área de Chachapoyas. Los promedios nacionales —si es que se pudiera hablar de promedios en esta amplia gama— de caídas, son de 75% de caída para los sueldos entre 1973 y 1994, y algo similar para los salarios. Además, el empleo decreció. Es decir, menos personas perciben un sueldo o un salario. La PEA creció en cerca del 73%, de 4.5 millones de personas a 7.8 millones de personas entre esos dos años. La proporción empleada, de acuerdo a los datos del INEI, bajó de 65/o de la PEA a 16% entre 1982 y 1994, para los que ofrece información homogénea. Debe ser mayor el empleo adecuado en la década del 70, pre-crisis.

Se puede afirmar con toda certeza que la depresión económica peruana, inscrita en la depresión económica latinoamericana, empobreció a todo el país con las excepciones notables de algunos pequeños sectores cuyos ingresos provenían de utilidades. El peso de las utilidades en el ingreso nacional, hasta donde queda registro de ello, aumentó al 50% del PBI en 1990. Se extrapolaron los niveles de vida. Con la recuperación, lo que se observa (aunque no hay datos aún que permitan sustentarlo) es que alrededor del 10% de la población se ve beneficiada preferentemente. Es aquella sujeto de crédito. La prueba de esto es el número de tarjetas de crédito emitidas, que suma 480,000. Esto no corresponde al número de familias sino de personas y/o empresas. Se podría decir que son dos millones de personas naturales las que se benefician del crédito de forma directa e indirecta, y éstas representan el área de beneficio preferencial de la recuperación económica. El resto quedó excluido del crédito y de los beneficios de la recuperación, del empleo y de las mejoras de la salud. Los observan desde el margen.

Las edades de la población en cuestión son relevantes porque los niños y niñas de menos de 15 años que trabajan sumaban 1.2 millones en el Perú en 1996. Tomando como referencia etárea el año de 1993, esto representa el 14% de los niños y niñas peruanos. Representa alrededor de un 16% de la PEA adicional a la PEA registrada, que genera ingresos a la familia en un rango de actividades que va desde el trabajo legal hasta la delincuencia, pasando por una combinación de ambos, Se conoce que la banda poblacional entre los 15 y 25 años representa alrededor de 30% de la población total, con lo que dos tercios del país tiene menos de 25 años. Se puede decir que la sociedad ha envejecido porque hay más población mayor de 64 años y menos población de menos de 14 años. La banda etárea intermedia creció, siendo urbana en gran medida, fruto de las migraciones antes descritas. Ésos son los jóvenes de hoy, urbanos e hijos de migrantes.

En este marco debernos entender que lo que ha ocurrido con los derechos humanos en el Perú tiene que ver con la falta de valor económico de las personas. La gente no importa. La sociedad no interesa. Interesan los tarjeta de crédito habientes, con rango de ciudadanos consumidores. El resto es descartable. Las violaciones de los derechos humanos son

... lo que ha ocurrido con los derechos humanos en el Perú tiene que ver con la falta de valor económico de las personas. La gente no importa. La sociedad no interesa.

vistas como detenciones arbitrarias, secuestros, matanzas de personas inocentes. Lo hemos observado en el Perú, sobre todo en los departamentos catalogados como muy pobres[...]. Esto se ha reducido en los años 90. El problema con este acercamiento a los derechos humanos es que metafóricamente infiere que la ausencia de crimen es la vuelta al imperio de la justicia. El chantaje, la intimidación y el miedo pueden asemejar la aparición de «la ley y el orden», y el subempleo y los bajos sueldos cubren la semejanza con una economía donde todos los trabajadores son valorados y respetados. Los niños y niñas crecen fuera del espectro de la ley y el orden o con ésta en su contra, porque el trabajo infantil está penalizado. Allí comienza a construirse una nueva imagen del Perú para los jóvenes de hoy. Los hijos de los sectores de mayores ingresos en la sociedad no tienen esta percepción sino que se ubican en la parte dominante de la misma, acrecentándose así las distancias entre peruanos, que de suyo eran grandes en el punto de partida de 1990, cuando se inicia 1a «globalización» y «modernización».

En el Perú hay una falsa percepción según la cual «ser moderno» es sinónimo de la rápida incorporación de tecnologías, y el establecimiento de nuevos escenarios para el país. Para lograr esto «se requiere de autoritarismo», porque hay un problema de «falta de gobernabilidad». Éste es el sentido común que ha reelegido a Fujimori una vez y que podría reelegirlo por segunda vez, en una espiral que da la razón a quienes afirman que el Perú necesita un dictador porque no sabemos cómo vivir con nosotros mismos.

Los procesos de modernización en toda la historia han sido limitados, dado que los ciudadanos no se consideran sujetos de derechos y deberes. No son líberos, personas libres que se relacionan de manera impersonal con el mercado, debido a las razones teóricas mencionadas anteriormente. Lo que llevó a la crisis del poder no ha sido una ausencia de autoridad sino el ejercicio irracional de la misma. La pregunta sobre los derechos humanos en el Perú remite entonces a la pregunta sobre la modernización del Perú, su cultura y su política.

3. La República sin ciudadanos

El sistema tradicional de dominación que ha prevalecido en el Perú hasta mediados del siglo veinte suponía falta de equidad entre los peruanos. La ciudadanía era un reconocimiento formal, restringido por la raza, clase, religión, opción sexual, género y nivel de ingresos. Todo lo que se desvía de ser varón blanco, heterosexual, limeño, católico y rico es subordinado a este valor supremo patriarcal. Para los subordinados —todo el resto de la sociedad— la impunidad ha sido una constante en los casos de abuso o crímenes cometidos por los dominantes. En el Perú, los ingresos no aseguraron la inserción en el Poder; y la movilidad social tuvo un límite y un techo en términos de Poder. El dinero «blanquea», aunque no es todo lo que se requiere para pertenecer al Poder. Esto ha sufrido algunos cambios en los últimos treinta años, derivados de los efectos de la reforma agraria y de la gratuidad de la educación universitaria. Eso explica la posibilidad de que exista un presidente de la República hijo de migrantes japoneses, así como ministros de diferentes grupos étnicos. Son cambios que auguran un país mejor integrado. La actuación pública del hijo de migrantes ha calcado la conducta del patriarca blanco en el desprecio mostrado hacia todo el resto de la sociedad: la metáfora de los alcaldes de Huancavelica cabalgando a Lima para pedir una entrevista con el «Señor Presidente», que éste no les concedió, es una metáfora de cómo el «Señor Presidente» ha adoptado los valores blancos y olvidó los elementos de subordinación que sufrió como no blanco, pobre, etc. Se lo recordaron en la investigación periodística sobre sus orígenes. Para afirmar su poder de blanco macho y distante, quien respondió a las preguntas de la periodista en televisión fue su madre, cuyo castellano es malo, recordándole a la teleaudiencia su ascendencia humilde y su calidad de persona de origen subordinado. O sea, se puede incluso manipular desde el Poder la imagen de igualdad del oprimido usando a un oprimido como portavoz cuando se goza del ascenso social. Esto lo convierte en un miembro de la clase dominante vergonzante. Cuando deje el poder presidencial, desaparecerá de la cúspide del Poder real. Es extraño cómo una sociedad rígida puede generar símbolos de poder transitorios y por tanto producir personas de esta talla. Es la misma sociedad, por cierto, capaz de producir un Sendero Luminoso aniquilador de símbolos del Poder. Y los que aniquilan son adolescentes.

La lucha por los «derechos» se basó en la lucha de clases desde 1920. Dos momentos marcan el paso de lucha los años 20 y los años comprendidos entre las décadas de los años 60-70. Las luchas por los derechos civiles generaron conflicto con el Estado, el cual reaccionó mediante la represión. El final de período estuvo marcado por la Asamblea Constituyente de 1978-79, y antes la Asamblea Constituyente de 1932-33, donde los legisladores trataron sin éxito de relacionar los derechos a las leyes de la tierra; por ejemplo, encontrar la relación entre el régimen político y el progreso social.

Después de 1980, las estadísticas de violencia y muerte en el Perú expresaron horror. En trabajos recientes, Basombrío y Degregori (1997) sugieren que si los escenarios para la guerra no hubiesen sido en su mayoría Huamanga y Huanta, el Perú hubiese registrado unas 800,000 muertes. La guerra interna ha sido una guerra «mediática», pensada por ambos lados en términos de opinión pública en áreas donde nada importaba. Fue una guerra de símbolos donde el terror y el contraterror fueron armas usadas por ambos lados como armas psicológicas proyectadas al resto de la sociedad, afuera del escenario de la guerra.

Hasta 1983, la guerra estuvo concentrada en Ayacucho (departamento muy pobre) y áreas adyacentes. Ese año las fuerzas armadas y los medios de comunicación entraron al conflicto con la masacre de ocho periodistas en Uchuraccay. Quien hubo ordenado la masacre había calculado muy bien el impacto: protestas, indignación en los medios de comunicación producto del evento ocurrido en las alturas de Ayacucho. El deseo de exterminar estuvo claro para todos los peruanos, Transmitió un terror paralizante a toda la población civil. Todos fuimos los culpables, por ponerlo en términos del informe de la comisión investigadora. El mensaje contrario fue transmitido por la masacre de Lucanamarca. Los campesinos aprendieron que Sendero quería la conquista de subjetividades individuales y sociales. El poder de destrucción, o de defensa, conquista o restauración era un poder simbólico.

Entonces las tácticas militares de poca monta, como por ejemplo los rastrillajes en los pueblos jóvenes por parte del ejército, o los asesinatos selectivos y los coches bomba por el otro lado, actuaban en el simbolismo de Poder y terror. Ambos se basaban en instituciones débiles, en la ausencia de mediadores y subjetividades endebles. El diagnóstico del Perú que tenia Sendero es que era semi-feudal, por ejemplo, pre-moderno, sin una sociedad civil diferenciada ni una esfera pública diferenciada, tomándolo directamente del diagnóstico de Mariátegui para los años 20. El Estado, según Sendero, estaba en proceso de desintegración, con una tendencia hacia el autoritarismo, donde la unidad nacional sólo podía ser obtenida con la mediación de la Iglesia y el ejército, en especial el ejército. El jaque era de ejército a ejército.

El orden y el desorden son indisociables, la violencia permea toda realidad social, al punto que en la moderna sociedad posindustrial ha surgido una especia de voyeur violentista. Porque la violencia vende: el criminal, el delincuente, el rebelde, el combatiente, el héroe, mezclado con el vándalo tipo hooligan, hasta el extraterrestre, son los actores de un nuevo tipo de diversión. Los juegos de video y el cine han

... ha surgido una especia de voyeur violentista. Porque la violencia vende...

hecho de ellos los protagonistas más rentables de una industria que, partiendo del culto al cuerpo proveniente del deporte, se desliza por la vía del exceso hacia la arbitrariedad, la locura colectiva, la agresión social salvaje y el menosprecio por la vida del otro, pues matar resulta divertido (Vega Centeno, 1997).

Los que tienen el Poder, cuentan con un atajo para el proceso de legitimación mediante la construcción de un consenso que apuesta por el uso de la fuerza. En este marco, la intermediación social está muy reducida o debilitada. El poder del lenguaje, la religión, las sociedades migrantes y otros trabajos voluntarios está debilitado. En el Perú esto se expresa en la administración de las diferencias con el «otro», en tiempos de paz y el uso extremo de la fuerza en tiempos confusos. Es entonces cuando los militares ingresan como intermediarios. Los «otros» están al lado derecho del diagrama de exclusión. «Ellos» eran «sacrificables», y son los que perdieron sus vidas debido al fuego cruzado de la guerra entre Sendero y las fuerzas armadas. Sólo cuando la guerra llegó a Lima y a sus sectores residenciales se tomó conciencia de que había alcanzado a todos. No sólo les pasaba a «ellos»: nos podía pasar también a «nosotros».

Hay razones estructurales para la violencia, tal y como hemos visto antes. Hasta los militares y civiles comprometidos con la guerra estaban al tanto de esto y del discurso de las raíces estructurales de la violencia que ganó peso durante los años 80. La exclusión era vista en términos de la extrema pobreza, la discriminación y la marginación. Otros elementos tales como la interacción en la esfera política han entrado como un argumento a través del trabajo de Rodríguez Rabanal, quien sugiere que la violencia es la continuación de la política mediante otros medios, parafraseando a Clausewitz que afirma que la guerra es la continuación de la diplomacia a través de otros medios. Propone que la vida social continúa con cicatrices de pobreza por medios destructivos e inéditos. En este sentido la violencia no libera, más bien refuerza la comunicación ilógica que hay detrás de la sociedad que ha nutrido a la violencia. Esto se manifiesta de varias formas: desde el letargo, la depresión y las actitudes de sacrificio mediante enfermedades psicosomáticas, hasta la abierta agresión contra el «ser» y el «otro».

 

Cualquier ideología puede llenar el vacío: el senderismo o el libre mercado, siempre que el mesías lo guíe.

En el ser interior de las personas que dieron testimonio para el trabajo de Rodríguez Rabanal, los principios de represalia y la búsqueda compensatoria por el gran salvador, un mesías, está presente. La inhibición de la violencia se reduce, puesto que la violencia aumenta y una tendencia hacia impulsos agresivos de destrucción crece entre la población. Esto nos permite entender la guerra y la peculiar posguerra. Cualquier ideología puede llenar el vacío: el senderismo o el libre mercado, siempre que el mesías lo guíe. La meditación racional de una ética no existe y el instinto abre camino a un pseudo discurso científico (senderismo o libre mercado). Apoya a una figura autoritaria como Fujimori, como a un mesías al que entrega el escenario. La impotencia alimenta la esperanza, La esperanza está afuera de uno. La esperanza está en el mesías. Se puede leer esto tanto en el trabajo de Degregori (1985) Qué difícil es ser Dios, a propósito de Guzmán, o la religiosidad mesiánica del APRA en trabajos de Degregrori y de Vega Centeno (1988).

Luego de la masacre de los penales (19 de junio de 1986), la mayoría de los limeños encuestados coincidían en condenar la violencia ocurrida y los cientos de personas desarmadas asesinadas. Poco a poco la realidad hizo cambiar a la opinión pública. Seis años después, el apoyo masivo al autogolpe de Estado en abril de 1992 estuvo relacionado con la necesidad de restablecer el orden a cualquier precio, endosando una militarización del país a pesar de sus «excesos». La masacre que tuvo lugar en los penales en 1991 pasó casi desapercibida, En todo caso no generó reprobación ni quedó en el recuerdo social.

Después de 1993 la situación comenzó a cambiar. A mediados de ese año la población sindicó a las fuerzas armadas como responsable de la muerte de 9 estudiantes y un profesor de La Cantuta y estuvo en contra de la Ley de Amnistía de julio de 1995, cuando los militares responsables de esas muertes fueron liberados de las cárceles. El cambio en las actitudes está relacionado con el trabajo de las organizaciones de derechos humanos, periodistas, lideres de la oposición, sin cuya acción el cambio de actitud no podría ser explicado. ¿Significa esto que hay una percepción común sobre los temas de derechos humanos en el Perú de hoy? El trabajo efectuado por la Coordinadora de Derechos Humanos mediante una encuesta llevada a cabo en tres ciudades sobre la percepción de los derechos humanos, arroja los siguientes resultados:

Cuando los organismos defensores de los derechos humanos se alejan de la población en un área, queda la sensación de falta de protección contra la violación de los derechos humanos. El Estado, como tal, intimida a los muy pobres y pobres en las zonas identificadas. Por otro lado, parece estar a la sombra de la conciencia ciudadana el hecho de que todos somos iguales, algunos más iguales que otros, según la primera respuesta.

4. Nuevos escenarios, ¿nuevos problemas?

La ola neoliberal ha erosionado el contrato social que gobernó el mundo occidental desarrollado desde los años 30. La ampliación de los derechos civiles y políticos ha sido parte de ello. Pero la declaración de los derechos humanos es el resultado de un complejo proceso de luchas mundiales, políticas y sociales. Los recientes cambios económicos y políticos han cambiado la percepción que las personas tenían de sus propios derechos, al igual que de los escenarios donde podían ejercerlos. Los cambios políticos y la modificación del sentido común afectan el ejercicio de los derechos políticos y civiles. Por otro lado, la globalización (en términos de la información en tiempo real) crea un escenario donde es posible buscar afuera el apoyo que no se encuentra en el ámbito doméstico sobre un determinado tema. De alguna manera los derechos se están «privatizando» y se están convirtiendo en parte de la vida económica y social del individuo.

 

La distribución de los ingresos es un punto crítico, debido a su relación con la democracia.

Según Danilo Turk (un reportero especial de una Subcomisión de Prevención de Discriminación y Protección de Minorías de las Naciones Unidas), hay crecientes iniquidades en términos de ingresos que no sólo hacen imprescindible la realización de los derechos económicos, sociales y culturales, sino que polarizan y fragmentan a las sociedades. La disparidad de los ingresos, a la vez que tiene lugar una reducción del Estado, forma una peligrosa base para la alienación, la dependencia y el cinismo que puede llevar, en última instancia, hacia el deterioro de las relaciones sobre las cuales se funda la sociedad civil. La distribución de los ingresos es un punto crítico, debido a su relación con la democracia.

El Perú tiene la peor distribución de ingresos en América Latina, aparte de Haití. Esto llevó al levantamiento del movimiento social en los años 20 y los años 60-70. Después del período de hiperinflación, la depresión y la etapa de extrema violencia de los años 80, se inició un cambio en la economía que estuvo secundado por el proceso de reformas estructurales introducido por el Banco Mundial y el BID en 1990. Dado el contexto, los efectos son que el tejido social se ha debilitado y el individualismo extremo ha emergido derivando en agresividad, dentro de un conflicto estéril en aras del mercado. Algunos elementos que cuestionan el espíritu modernizante de las reformas en el Perú pueden señalarse:

    1. Autoritarismo expresado como crecimiento del poder presidencial, al igual que la existencia de otros mecanismos que permiten al presidente someter a otros poderes del Estado.

    2. La naturaleza cívico-militar del régimen. Las fuerzas armadas son un partido político para el gobierno; se encargan incluso de la distribución de información electoral e información de partidos político, calendarios con la imagen del ingeniero Fujimori, y tienen una función deliberante en la política peruana. La naturaleza cívico militar parece anclarse en el poder militar, como se vio cuando el presidente pidió la renuncia del jefe del Comando Conjunto, pero esto no ocurrió.

    3. La naturaleza arbitraria del gobierno, donde el Poder Ejecutivo puede cambiar las reglas del juego de acuerdo con sus necesidades. Por ejemplo, en 1995 la Ley de Amnistía que dejó libres a los militares vinculados a masacres y condenados dos años antes; o las leyes de referéndum que después de tres reformas aumentaron el número de firmas requeridas para realizarlo, de 350,000 de acuerdo con la Constitución, a 1,200,000 en menos de dos meses. O la capacidad de disolver el Tribunal Constitucional porque juzgó que no era aplicable en términos legales la Ley de Interpretación Auténtica (que permite la segunda reelección).

    4. La legitimidad del régimen se basa en los resultados y en el apoyo público producto de la reducción de la inflación, la violencia y la promesa de mejorar las condiciones de vida en el futuro, y a la vez en mecanismos para el control de la población, la falta de partidos político, la supresión de la oposición en el Congreso y la falta de ideas.

El panorama político ha cambiado mucho desde que Sendero se aisló de su supuesta base natural mediante las acciones de la Rondas Campesinas y la detención del cabecilla Abimael Guzmán en setiembre de 1992. Divididos entre ellos debido a cartas enviadas por Guzmán desde la cárcel, puede eludir la amenaza de extinción, aunque no su debilitamiento. El MRTA es más débil aún, sin posibilidades reales de recuperación. Más allá de los elementos reales de la subversión, hay un fantasma. La amenaza de Sendero justifica el estado de emergencia, leyes anti-terroristas, rondas armadas y muchas otras precauciones.

Todo lo señalado excluye la posibilidad de la institucionalización de una democracia real en el Perú. La

... lo señalado excluye la posibilidad de la institucionalización de una democracia real en el Perú.

reducción de las violaciones a los derechos humanos; la solución de los casos pendientes, hasta el ensayo de algunas medidas parciales no son suficientes, en este escenario, para instaurar el respeto total de los derechos humanos y las garantías constitucionales en el país. Los problemas de derechos humanos en el país no son un tema de casos pendientes, ni son el resultado de la posguerra. Son más profundos y complejos, deben ser atendidos y examinados al menos en las dimensiones de política institucional y conciencia generalizada de los derechos.

5. La distribución del ingreso y la equidad

Los antecedentes mostrados son un principio para poner de relieve los problemas de falta de equidad. Las discriminaciones son la expresión de la iniquidad. Los ingresos económicos afirman algo adicional. Si tomamos la distribución del ingreso de las mujeres para ver cómo se distribuye el ingreso entre «marginales» y de allí partimos a ver cómo se ve en el mundo de los varones, aparece la evidencia de que a las mujeres les va bien si son ricas. Les va mal en todos los demás casos. Es decir, la mujer con dinero es casi un varón, en una sociedad donde la mujer está discriminada por el mero hecho de ser mujer, recordándonos el poema de Sor Juana Inés de la Cruz (Hombres necios...).

Viviane Forrester (1997) advierte que en el mundo nuevo que emerge, el empleo se ha convertido en innecesario para el funcionamiento del aparato económico. Afirma que a los hombres se los condena a postular en vano (a un empleo), frustrados de antemano por las estadísticas. Una pregunta desde el Perú al texto de Forrester, es qué pasaría en Europa si dijéramos que de partida sólo el 11.7% de las mujeres en edad de trabajar y disposición de hacerlo han tenido un empleo adecuado en 1991. Si añadiéramos que ante la falta de seguro de desempleo, el 81% de las mujeres en capacidad de trabajar lo han hecho por remuneraciones por debajo del nivel del salario adecuado para cubrir la canasta mínima de consumo, y que el 7.3% de esas mismas mujeres se han registrado en el Ministerio de Trabajo para buscar empleo y por lo tanto son consideradas como desempleadas. Si no están registradas, formalmente no se consideran desempleadas.

La realidad a partir de donde se concreta el mercado de trabajo de la mujer, además, es uno de discriminación negativa. Los avisos de periódico anuncian que quieren mujeres solteras, la franja de edades, el color y, por supuesto, el nivel educativo. Allí se reproduce la pirámide de la subordinación de la sociedad peruana. Si el varón blanco, heterosexual, católico, patriarca y educado es el pico de la pirámide de la sociedad en su conjunto, se podría añadir que la mujer blanca, heterosexual, católica y educada es el siguiente escalón.

En términos de ingresos se ha producido un distanciamiento entre las mujeres ricas y las pobres. Así, el número de mujeres pobres de Lima ha aumentado entre 1985 y 1994 del 49.3% del conjunto de las mujeres al 52%. Hay evidencia (Durán: 1997) de que el número de hogares liderados por mujeres ha aumentado del 16.8% en 1985 al 21.4% del total de hogares en 1994. Es decir, hay más hogares liderados por mujeres y más mujeres por debajo de la línea de pobreza. Al otro extremo, aunque no existen datos al respecto, se puede inferir que entre las mujeres no pobres hay una mejora de ingresos producto del nivel de educación acumulado en el pasado para un cierto sector, que resulta en que la proporción de hogares pobres (decil 1) y no pobres (decil 9) mantenidos por mujeres estuvieron en mejores condiciones en 1994 que los de los hombres de esos mismos deciles, en el mismo año. Es decir, hay una fragmentación social en marcha.

Al año 1990, según The World's Women de Naciones Unidas, había 69 mujeres por cada 100 varones profesionales, técnicos y otros. La tendencia se ha mantenido en la década del 90 y quizá se haya profundizado. El primer quintil (deciles 1 y 2) es el más pobre y el quinto quintil el más rico (deciles 9 y 10). La distribución de jefas de hogar por quintil se asemeja en las puntas. En los hogares más pobres y los más ricos ha habido un crecimiento de los hogares mantenidos por mujeres.

Entre 1985 y 1991, años para los que hay muestra, en Lima Metropolitana se ha podido observar que hay más mujeres en el quintil 1 de ingresos como jefas de hogar en 1991 que en 1985. Pasaron de representar el 16.2% al 23.6% de los hogares sostenidos por mujeres. La tendencia se repite en el decil noveno y en el quintil 5, donde se nota que aumentan los hogares mantenidos por mujeres de 19.8% a 24.7%. El decil noveno muestra un aumento de 21.7% de los hogares dentro de ese decil a 29.4%. Durán afirma que «esto implica que los hogares liderados por mujeres no son los más pobres y que las tasas más altas de crecimiento (de hogares liderados por mujeres) no están sólo en los sectores de bajos ingresos». Concluye Durán: «Hogares liderados por mujeres son más pobres, pero no son más vulnerables a la caída en las condiciones de vida durante la crisis y los ajustes estructurales».

Lo que se está diciendo, en suma, es que en líneas generales hay un empobrecimiento de las mujeres en la sierra rural. Que en Lima Metropolitana el problema es más complejo. Lima debe ser tomado como el ejemplo representativo de lo que ocurre en las capitales de departamento. Lo que ocurre en Lima es que los sectores de altos ingresos han tenido un aumento sustantivo de hogares liderados por mujeres, explicándose de alguna manera que el ingreso de la mujer sea similar al del hombre jefe de familia. Esto se explicaría por el altísimo índice de mujeres profesionales en el Perú, que en 1990 llegaron a ser 69 por cada 100 hombres profesionales. Al otro extremo, en Lima se observa que en los sectores más pobres también hay un crecimiento de hogares liderados por mujeres. Esto explicaría el trabajo infantil. El trabajo infantil se ha tornado en un complemento del ingreso familiar, aunque no esté expresado en los datos de personas que trabajan en un hogar. El número promedio de personas que trabajan continúa siendo dos. La evidencia de 1.2 millones de niños que trabajan en el Perú, equivalente al 15% de la PEA, indica que no son dos sino quizá tres. El tercero es menor de edad, y estos casos están concentrados en los deciles l y 2.

La distribución del ingreso de las mujeres refleja una mejora de los deciles nueve y diez, aunque menor que la de los deciles más pobres. Refleja lo que ocurre en el plano global con el ingreso per cápita. Los sectores de mayor productividad tienen mayor capacidad de ajuste que los sectores de menor productividad. La productividad está relacionada con la educación, a pesar de que las mujeres pueden no trabajar en las profesiones para las que fueron educadas. Es decir, en el Perú habría un «Norte» que comprende a las mujeres de los deciles nueve y diez, y un «Sur», que va de los deciles ocho hasta el uno. Lo que brinda la incorporación a la sociedad es la posibilidad de incluirse en el mercado de trabajo de manera ventajosa, de ser sujeto de crédito y ser sujeto de igualdad. Las otras mujeres están en desventaja absoluta por ser mujeres, por no ser blancas y por no tener los niveles de educación de los sectores nueve y diez. La movilidad social, en este sentido, se vuelve muy vulnerable y fluida. La capacidad de competir puede incluir a una mujer y excluir a otra de manera diversa, repitiéndose lo que ocurre en el plano macro. La evidencia es que los hogares liderados por mujeres son menos vulnerables a las fluctuaciones de ingresos que los hogares liderados por varones, que pueden sucumbir a la presión económica y abandonar el hogar o dejar de ejercer el liderazgo. En este sentido, las mujeres son el refugio de la sociedad en crisis y expresan con nitidez lo que ocurre en la sociedad en su conjunto en el plano global.

[...] El ingreso de las mujeres en el Perú ha aumentado para las muy pobres antes que para las dedicadas al aumento de su productividad que están en el decil 9. Esto es poco creíble. La nueva inserción económica se establece sobre la base del aumento de la productividad; con lo que estas cifras estarían distorsionadas por el mismo elemento de distorsión que el PBI en su conjunto. Alrededor de un 30%. Y la distorsión podría estar en la asignación de los ingresos a los deciles inferiores. La distancia entre ingresos [...] se

... hemos saltado a la economía posindustrial sin haber llegado a la industrial.

habría reducido entre 1991 y 1996. Debe haber poca evidencia empírica de esto, porque las distancias entre los sueldos ejecutivos y los salarios han aumentado, por ejemplo. Y porque hay mayor número de pobres en 1996 que en 1991 (52% versus 49% de la población). En suma, las cifras publicadas de distribución del ingreso, con el PBI distorsionado disponible, no permiten reflejar la evidencia que se tiene mediante otros datos sobre pobreza, y sobre distancias salariales. El autoempleo es una fuente de ingresos creciente para una parte de la población y no para toda la población debajo del quinto decil, de ninguna manera. Y que sea una fuente creciente de ingresos no es una virtud. Es una indicación de que el aparato productivo no los puede absorber y de que hemos saltado a la economía posindustrial sin haber llegado a la industrial. Sólo que los servicios no son cuaternarios debajo del quinto decil, sino reflejan la venta de caramelos, por dar un ejemplo.

EN SUMA

Es evidente que el Perú tiene rasgos premodernos que están construidos desde la historia por el sistema de dominación colonial, pero también por la incapacidad de liberarnos del mismo en el siglo XVIII. Ese sistema de dominación es la madre del racismo y de la vergüenza del pasado. No obstante, y sin haber pasado por ningún punto intermedio, hemos saltado a una lógica de igualdades para la construcción de la economía de mercado. El requerimiento esencial para la economía de mercado es que todos tengamos igualdad de información e igualdad de oportunidades para poder actuar en el mercado. Sin embargo, aquí no es el caso. Vemos que la población de la sierra peruana está en condiciones que no tienen nada que ver con la igualdad de oportunidades y también observamos que la situación de las mujeres es abiertamente peor que Ia de los hombres, a pesar de la mejora de los ingresas de las mujeres en las ciudades, en especial de los deciles mayores.

 

La sensación, a fines del siglo XX, de que la población nativa peruana ha sido una carga para las modernizaciones occidentales es fuerte. La sensación que de eso nos queremos olvidar incluso los intelectuales, es fuerte.

Las zonas más deprimidas son las zonas de donde salió la cultura peruana prehispánica. Esto no se ha modificado. La pregunta, es por qué. ¿Es que las zonas de sierra que fueron cunas de civilizaciones se convirtieron en una vergüenza? ¿Es acaso que son zonas donde queremos olvidar que hubo un pasado? ¿O es que la modernidad y las modernizaciones que han ocurrido a lo largo de los siglos han ido dejando esas zonas atrás? Y, de ser el caso, ¿por qué? La sensación, a fines del siglo XX, de que la población nativa peruana ha sido una carga para las modernizaciones occidentales es fuerte. La sensación que de eso nos queremos olvidar incluso los intelectuales, es fuerte. El peligro de que decir estas cosas nos empariente con ideologías absolutistas o etnocéntricas, es también grande. Empero, la tara del pasado, esa carga que frena el ímpetu del futuro, tiene que ser revalorada. Es preciso reconocer dónde y cuándo nos quedamos atrapados en un sistema social excluyente en extremo y que por lo tanto ha dejado en tierra de nadie a los habitantes de la sierra y selva peruanas. El Estado no llega, y si llega lo hace en forma de fuerzas militares o, ahora, con infraestructura de diversos tipos. La desarticulación actual de la sierra, sobre todo, de la economía nacional en relación a su articulación en el pasado es gigantesca. La selva no se ha desarticulado porque nunca estuvo bien articulada, tanto por la distancia como por la geografía. La geografía de la pobreza y la demografía de la pobreza nos muestran una realidad de vergüenza ante la historia que tiene que llegar a su fin para que comencemos a ser iguales. El imaginario cultural donde navegamos tiene un fuerte imaginario social colonizador. Es incapaz de pensarnos como iguales. Con esto no estamos diciendo que solamente los abusos estén en el imaginario blanco, patriarcal, etc., sino que también aparecen en otros ámbitos y posiblemente se crucen con otras raíces más antiguas dentro del continuum histórico en el que estamos inscritos, que se remonta a más allá del siglo XVI. El sentimiento España 1-Perú 0, por ponerlo en términos futbolísticos, tiene que ser revertido para podernos pensar como una sociedad moderna o por lo menos para podernos pensar como una economía de mercado. De otro modo siempre estaremos echándole la culpa al otro por lo que no hicimos, y en algunos casos tendremos razón. Será pensándonos como iguales ante el resto como nos podremos (re)conocer y saber de nuestros potenciales sin anteponer los intereses ajenos a los propios. La discriminación en su sentido más amplio es el principal freno del Perú.

 


Puede dejar su opinión en el foro de discusión


Ir al principio 

página principal