VARIAS VECES JULIAN

 

Obtuvo el tercer premio en el Concurso de Cuentos "Dorian 2000"

http://www.geocities.com/k_von_gloeden/dorian_2000.htm

Autor: Delfines y Demonios

E-Mail: delfinesydemonios@yahoo.com

 


Crucé el espacio como un bólido. Miles de cuerpos míos quedaron atrás ocupando el trayecto entre el punto inicial y el lugar que ocupo ahora. Parado junto a la ventana, cumplo con el ritual de arañar el cristal mientras del otro lado las gotas de un líquido desagradable recorren la lisura del vidrio impulsadas por la gravedad.

Miro la pared y miro la mesa que se apoya en contra de ella. Miro el borrador solitario que “es” en medio de la ruma de papeles. Ahora lo veo claramente.

/ LO VEO CLARAMENTE /

Es el mismo borrador que había visto hacía un par de minutos, como parte del paisaje de los libros y la papelería alborotada. Pero a la vez es otro. Tampoco es el objeto en el que yo fije mi atención hace treinta segundos. Es otro. ES OTRO. ES OTRO.

Ahora lo veo claramente. No sus contornos, no sus colores. VEO EL BORRADOR. No con los ojos. Simplemente lo veo.

Miro hacia atrás y siguen las mismas figuras parecidas a mí, que atraviesan toda la habitación. Están allí, fijas, en una fila interminable. Cada una de ellas viva. Cada una distinta a la otra. Y sin embargo son lo mismo. Son el mismo. Son yo.

Ahora miro el cuerpo desnudo de Julián sobre mi cama. Dormido, con las sábanas dejadas hacia un lado, contemplo su pene derrotado y sumiso, apoyado tiernamente en su muslo izquierdo. Su pelo ondulado y desordenado se pierde en la almohada. Como si creciera de allí. Y como si desde su pelo surgiera todo su continente. Toda la maravilla de Julián. Ese azar. Esa casualidad. Ese puto azar que hace que JUSTAMENTE ÉL esté aquí, en mi cama, durmiendo. Este animal que yace desnudo y que es un cúmulo de casualidades: su educación, su raza, su nacionalidad, el largo de sus brazos, la confusión de sus vellos, la posición de su pene mientras duerme, la posición de su cuerpo mientras agoniza en medio de los universos paralelos en los que debe deambular ahora (mientras él cierra los ojos y mientras yo miro extasiado sus pestañas; sus negras pestañas).

Julián. Su nombre también es un azar. Tan sólo la combinación de letras (no necesariamente tenían que ser 6). Pudo ser Pedro, o Javier o Jorge (otras combinaciones azarosas). O pudo ser otro. Tal vez no tan diferente. Tan sólo ligeramente otro. Ligeramente distinto (que en vez de estudiar literatura haya estudiado antropología; o que no fume). No es necesario cambiarlo mucho para destruir a esa maravillosa y frágil casualidad que yace entre mis sábanas.

Hace un mohín ahora, y se da una vuelta dormido hasta el otro extremo de la cama mientras suelta un quejido. Inmediatamente miles de Julianes se dibujan en la cama en todo el trayecto recorrido. Cada uno es distinto, cada uno más viejo que el anterior. Cada uno OTRO. Y ya no sé de cuál me he enamorado. Y si es que me he enamorado de tan sólo uno de ellos, he perdido. Pues Julián no puede ser ese más que un segundo. Porque al siguiente momento Julián cambia.

Es entonces que mis afectos, confundidos por el vaivén entre la estabilidad y el cambio me hacen sufrir. Hacen que me duela. Y mi dolor también es cambio. Un cambio doloroso. Como todo cambio. Y de pronto siento que el ser al que yo amo ya no existe. Es como si hubiera muerto. Porque el que está ahora acostado en mi cama (en una posición distinta a la de hace un momento) es otro. Y el Julián del cual me enamoré mientras le contemplaba extasiado jamás volverá. Tan sólo me queda el Julián-presente, el cual me sirve de referencia para (cada vez que estoy con él) recordar ese pico-segundo del Julián-pasado-en-ese-preciso-instante del cual hube de enamorarme. Ese Julián-presente es lo más cercano que tengo a aquella criatura de la que me enamoré (ese Julián-pasado). Es como un consuelo. Y es triste. Es terriblemente triste. Es por eso que después, cuando lo abrace, no podré evitar sentirme infinitamente solo, porque si bien abrazo a Julián, jamás tendré a ese Julián del que me enamoré. Nunca otra vez.

DESCRIPCIÓN DEL MOMENTO: Fue un éxtasis de voyeur, encadenado a sus pestañas profundamente negras y su pene pequeño apoyado (como un niño que acaba de llorar) en su muslo izquierdo. Mi angustia muere en su cuerpo laxo, dormido sobre mi cama, libre.

La luz del farol de la calle entra por la ventana. Es una lucesita de un amarillo indefinido. Cruza el vidrio y se esparce de manera irregular por toda la habitación oscura. Acabo de caer en la cuenta de que me he enamorado de un cuerpo. ¿Es acaso posible enamorarse de un cuerpo? No. No es pasión "física". Hablo de un amor romántico (como en las novelas rosas, sí, ese amor cliché, de idealizaciones y dependencias). No es pasión. Me he enamorado románticamente de un cuerpo. Sus brazos largos, sus piernas gruesas, sus vellos poblados en el pecho y las nalgas, su pene durmiente, sus cejas precisas. Me he enamorado. Y sufro cuando no lo tengo a mi lado. Sí. Me he enamorado de un segundo de la existencia del cuerpo de Julián. Una circunstancia. Un azar. Como estas hojas, como estas letras y palabras y puntos dispuestos todos de manera azarosa sobre una hoja de papel confeccionada cuidadosamente para describir otro azar. Un azar que ES en función de otro azar. Como Julián, como estas palabras, como esta hoja, y como el lector que puede imaginarse todo esto de una manera totalmente distinta a como yo lo imagino. Es por eso que tal vez todo esto esa inútil. Un esfuerzo inútil por describir una circunstancia en especial que nadie podrá comprender.

Van a ser las doce y se me han acabado los cigarrillos. Me acerco. Y Julián está ahora de espaldas hacia mí. Me siento en la cama y extiendo mis manos hacia sus nalgas. La palma y los dedos de mi mano reciben entonces la existencia de Julián (existencia que en este caso se posibilita a través de sus nalgas) y recorro los vellos pequeños de ambas. Mis dedos se detienen entonces en el canalillo entre ellas. Yo las separo delicadamente mientras contemplo deleitado aquella matita de vellos en el ano mientras él suelta un quejido apagado. Mis dedos entonces me traen noticias nuevas de la existencia de Julián. De otro Julián. De un nuevo Julián. Es entonces que descubro maravillado que nada es para siempre. Ni siquiera el amor. Ni siquiera mi amor a ese Julián-pasado. Y me siento libre. Libre de poder amar nuevamente. De poder amar todos los futuros momentos de esta criatura. Cada momento distinto. Y yo los amaré todos. O sólo algunos (seamos sinceros). Y cada vez podré amarlo de una manera distinta. Y me enamoraré de él varias veces. Y varias veces morirá. Pero Julián siempre volverá a nacer aunque tal vez yo ya no esté allí, para ver el milagro que escapará de su cuerpo.

 

 


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