Bisexualidad, ¿un disfraz de la homofobia internalizada?

 

 

Alejandra Sardá (*)

 

Trabajo presentado en el I Encuentro Argentino de Psicoerapeutas Gays, Lesbianas y Bisexuales, organizado por el Grupo Nexo y realizado en Buenos Aires, en septiembre de 1998.


 

Alejandra Sardá es psicóloga. Coordinadora del Programa para América Latina y el Caribe, IGLHRC (Comisión Internacional de los Derechos Humanos para Gays y Lesbianas)
Oficina en Buenos Aires:Sánchez de Bustamante 515 - 11 "B" - Buenos Aires, ArgentinaTeléfono y fax: (54 11) 48 67 08 51

Email: alejandra@iglhrc.org

 


 

 

 

"Me dijo que le gustan los hombres tanto como le gustan las mujeres, lo que le parece natural porque, dice, él es producto de dos sexos así como de dos razas. A nadie le sorprende que él sea biracial; ¿por qué debería sorprenderles que sea bisexual? Esta es una explicación que jamás escuché antes y que no puedo comprender del todo; me parece demasiado lógica para mi cerebro."

Alice Walker, Possessing the Secret of Joy

Necesito hablar sobre bisexualidad. Creo que la analogía es la identidad interracial o multirracial. Creo que la analogía para la bisexualidad es una visión del mundo multicultural, multiétnica, multirracial. La bisexualidad se desprende de una perspectiva como ésa y a la vez conduce a ella.

June Jordan, activista y poeta

 

 

El título de este trabajo apunta directamente a uno de los prejuicios más prevalecientes tanto en la población en general como en las/os profesionales de la salud. Ante la "confesión " de bisexualidad, la mayoría de las personas asumen que se trata de alguien que no se atreve a vivir sus impulsos homosexuales o que busca presentarlos de una manera más socialmente aceptable. En la primera parte de este trabajo, analizaremos los supuestos que configuran el modelo imperante de sexualidad y que inciden en esa concepción de la bisexualidad. En la segunda parte, nos abocaremos a las consecuencias prácticas que las diversas percepciones de la bisexualidad pueden tener en la clínica, particularmente cuando se trata de terapeutas gays o lesbianas. El marco referencial de este trabajo, así como nuestra práctica, se funda sobre todo en el feminismo aplicado al ámbito de la salud mental, así como en algunos elementos de la Gestalt.

 

 

¿De qué hablamos cuando hablamos de (bi)sexualidad?

Muchas personas afirman que "la bisexualidad no existe". En cierto sentido, tienen razón. La Bisexualidad, como entidad absoluta, es algo irreal, claro que sí. Algo tan irreal como lo son La Homosexualidad o La Heterosexualidad. Lo que existen son historias humanas de deseo y diferentes maneras de dar cuenta de ellas a través de las palabras. La elección de una palabra o de otra (o de ninguna) para dar "título" a esa narrativa, es producto de numerosas circunstancias, entre las que se tienen un lugar privilegiado el contexto social y cultural, la historia familiar y el grupo de pertenencia. Y siempre, toda palabra que pretenda dar cuenta de la historia y del presente deseante y afectivo de una persona, necesariamente dejará afuera experiencias, fantasías, proyectos, sueños, que son conflictivos con la imagen de sí que esa palabra quiere revelar. Ese "dejar afuera" puede implicar "olvidarlos" o también resignificarlos de maneras que reduzcan su conflictividad.

Lo que se considera "ambiguo", es decir, lo que no es fácilmente clasificable en las categorías existentes, tiene la virtud de por su mera existencia desnudar las reglas de juego que subyacen a esas categorías.

Tal como sucede con la transgeneridad, que desnuda en forma implacable la precariedad de la diferencia (binaria) de género, pilar de la civilización occidental -cristiana y no-, la bisexualidad pone al descubierto cuáles son los parámetros que regulan la idea misma de sexualidad humana en este fin de siglo.

Escuchemos las críticas, y los temores. Los siguientes comentarios fueron pacientemente recogidos por nosotras a lo largo de los años. Provienen de muy variadas clases de personas: terapeutas de diversas orientaciones, público de talk-shows en televisión, gays y lesbianas (activistas y no), integrantes de grupos de terapia, estudiantes de psicología, etcétera. Según ellas y ellos, las personas bisexuales son:

·         Inmaduras: porque no se definen, porque pretenden perpetuar un estado de omnipotencia infantil en el que todos los objetos son potenciales objetos amorosos.

o        Impostoras: porque "en realidad" son gays o lesbianas que no se atreven a asumirse como tales, o que no quieren perder ni los privilegios sociales de la heterosexualidad ni los placeres de la homo.

·         Confundidas: porque "en realidad" no saben lo que quieren, dudan, van de un cuerpo a otro y de un género a otro buscando una falsa completud de sus débiles yoes, que se debilitan más aún en ese proceso.

·         Hipersexualizadas: su libido es tan intensa que rompe los diques de la represión y no discrimina entre objetos socialmente permitidos y prohibidos; en versión talk-show: "tiene ojo, me lo cojo".

·         Egocéntricas, egoístas, centradas en la búsqueda de su propio placer y reluctantes a sacrificar nada de sí para comprometerse en una relación adulta con una persona de un determinado género y renunciar al resto de sus potenciales parejas. Este egocentrismo en muchos casos orilla la psicopatía, ya que la persona bisexual es insensible al dolor que causa en heterosexuales, gays o lesbianas puras/os y bien intencionadas/os que confían en ella. (Esta línea ha sido explotada por el cine hasta la exasperación.)

·         Exóticas, andróginas, ni hombres ni mujeres, criaturas de la noche y la excentricidad, artificiales, exquisitas, tan Otras que ni siquiera puede juzgárselas con los parámetros morales que sí les caben a sus hermanas/os más corrientes.

¿Cuál es la idea de sexualidad que se esconde detrás de esas críticas? En primer lugar, una sexualidad cuya culminación es un estado fijo -en cuanto a objeto, pero también en cuanto a práctica. La madurez sexual estaría indicada por la elección, sea esta hetero u homosexual, y el renunciamiento a las otras alternativas. Ser madura/o es recortar de la gama posible de experiencias humanas una sola, y adherirse a ella por el resto de la vida. Se trata de una sexualidad binaria, excluyente, y por supuesto jerárquica como lo son todos los sistemas binarios en Occidente (hombre/mujer, mente/cuerpo, blanco/negro, día/noche, cielo/infierno, etcétera). De acuerdo al círculo donde nos movamos, la perfecta culminación del proceso psicosexual será la heterosexualidad, con la homosexualidad como variante defectuosa; o proclamaremos la supremacía del deseo entre iguales, con una miríada de argumentos que van desde la exquisitez griega hasta la liberación del mandato patriarcal.

No hay vida fuera de los polos... contradiciendo la realidad de nuestro planeta donde justamente los que están deshabitados son los polos y la fascinante diversidad de la vida humana transcurre en las vastísimas zonas que se extienden entre ambos...

¿Por qué la bisexualidad asusta tanto que tiene que ser negada en su misma existencia? Una posible explicación, entre muchas, se relaciona con este sistema binario al que venimos haciendo referencia. Al ser jerárquicos, los binarios que estructuran el pensamiento occidental son en realidad falsos binarios. No hay equivalencia entre las dos posibilidades: siempre hay una que es "positiva" y otra que es "negativa"... el negativo de la primera, su copia deformada. En la Edad Media se imaginaba el cuerpo de la mujer como una copia deformada del masculino, sin tapujos. El lado "positivo" del binario es el "real"; el otro, es una deformación a corregir, sin entidad propia. No son dos, sino uno, y la "elección" / "renuncia" no es tal, sino una mera cuestión de desempeño, de acercarse más o menos al ideal.

En esta sexualidad normativizada, con indicadores de desempeño y metas a alcanzar, donde el deseo aparece controlado, nombrado, acotado, y el margen para lo imprevisto y para el cambio es mínimo, la bisexualidad irrumpe como elemento disruptivo. La bisexualidad no sólo devuelve su categoría de existencia al otro polo del binario sino que además despliega una amplia gama de opciones posibles entre ambos, que los relativiza y los vuelve meros puntos en un continuum en lugar de indicadores excluyentes de identidad.

La bisexualidad remite a lo móvil, al cambio, a lo imprevisto y por eso atemoriza. En ámbitos que no sean la sexualidad, se reconoce la capacidad de adaptación a los cambios como síntoma de madurez, la flexibilidad como indicio de estructuración adecuada del yo, un amplio repertorio posible de respuestas e intereses como sinónimo de salud. Y sin embargo, en lo sexual, exigimos de las personas todo lo opuesto. No es sorprendente: en el lugar de la mayor vulnerabilidad humana, donde rozamos la muerte y la desnudez, donde hasta el lenguaje adulto nos es insuficiente, es donde construimos las mayores rigideces, los imperativos más tiranos.

La definición más simple de bisexualidad habla de la potencialidad de sentirse atraída o atraído por personas del propio género así como de cualquier otro. El término en sí ha sido cuestionado por muchas personas en los últimos años, ya que perpetúa la (falsa) concepción de que existen solamente dos géneros -el propio y el ajeno, femenino y masculino. La existencia de una amplia gama de personas que resultan difíciles de encuadrar en esas dos categorías, y que resultan objetos de interés afectivo / erótico, exige una definición más abarcativa de bisexualidad, como la que enunciamos al comienzo del párrafo.

La sexualidad humana es mucho más compleja de lo que querríamos que fuera. Abarca la genitalidad, por supuesto, pero también las fantasías, la cercanía emocional, la comunión afectiva... En algunas vidas humanas -las menos- todos esos vínculos se dan, desde el nacimiento hasta la muerte, con personas de un solo género. En la mayoría de las vidas humanas, en cambio, existe una fascinante diversidad de objetos amorosos/eróticos, a veces aceptados como tales y a veces no. Si restringimos la sexualidad a su expresión genital, seguramente encontraremos muchos más casos de exclusividad, pero ni siquiera. El famoso estudio Kinsey, realizado en los años '40 y que sólo medía relaciones sexuales que culminaran en orgasmo, provocó un escándalo al revelar la impresionante diversidad en las preferencias sexuales de la población estudiada.

Acordar existencia real a la bisexualidad implica una concepción de la sexualidad menos "tranquilizadora" pero más adecuada a los estándares de salud, en cuanto requiere una perspectiva flexible, abierta a la posibilidad de que se produzcan cambios. El peligro reside en utilizar la aceptación de la bisexualidad para instalar un nuevo status quo, donde las opciones "aceptables" serían tres en lugar de dos. Apenas una modificación cosmética. El desafío que plantea la bisexualidad es pensar la sexualidad humana como una materia en construcción permanente, como una historia que sólo se cierra y adquiere una forma definida en el momento de la muerte. Y abrir la puerta para validar otras expresiones de la sexualidad que todavía oscilan entre la categorización clínica (desvalorizante) y el silencio; no casualmente, son las expresiones más "asociales", las que no nos ligan a otras ni a otros, las que son todavía más sospechadas: el celibato, el autoerotismo, el fetichismo.

De las ideas a los hechos.

 

En esta segunda parte, vamos a centrarnos en las dinámicas de interacción entre las terapeutas lesbianas o los terapeutas gays y sus pacientes bisexuales. Retomando la pregunta que elegimos como título para este trabajo, resulta importante diferenciar la bisexualidad de la homofobia internalizada. Para muchas lesbianas y para muchos gays, terapeutas incluidos, tal diferenciación no existe. Proclamarse bisexual es, per se, un signo inequívoco de la falta de aceptación de la propia homosexualidad.

Como terapeutas, es nuestra tarea básica escuchar la voz de nuestras/os pacientes por encima de los gritos o los susurros de nuestros prejuicios. Consideramos también que si tomamos la relación terapéutica como una relación entre dos personas adultas, donde ambas poseen conocimientos y capacidad de acción, es imprescindible validar -creer- lo que nuestras/os pacientes dicen de sí mismas/os. En el transcurso del proceso terapéutico, algunas definiciones de sí cambian, pero ese cambio es eficaz cuando es producto del trabajo de elucidación de la propia paciente o del propio paciente y no cuando obedece a presiones, sutiles o desembozadas, de su terapeuta.

En primer lugar, es fundamental que la terapeuta lesbiana o el terapeuta gay se preocupe por informarse acerca de la bisexualidad, por leer a quienes han investigado antes en este tema y también a las propias personas bisexuales, algunas de ellas terapeutas y otras no. También es importante que sepa -y averigüe- qué recursos comunitarios existen para la socialización de las personas bisexuales.

En un plano diferente, es aconsejable trabajar en la propia terapia y/o en la supervisión, la aparición de sentimientos de rechazo o inseguridad frente a la o el paciente que se proclaman bisexuales.

El desafío que se nos presenta es diferenciar la genuina (aun cuando fuere provisoria) definición de bisexualidad de la elección de una etiqueta bisexual como defensa frente al rechazo que produce la propia homosexualidad (lo que se conoce como "homobofia internalizada"). En este terreno, tal vez sea importante tener en cuenta que la homofobia internalizada, con toda su gama de intensidades y manifestaciones, está siempre presente en las pacientes lesbianas y en los pacientes gays (así como en las/os terapeutas), ya que es casi una respuesta adaptativa a las condiciones sociales imperantes. En nuestra opinión, siempre que se trabaja con una paciente lesbiana o con un paciente gay es importante prestar atención a las manifestaciones de homofobia internalizada, señalarlas, contribuir a su toma de conciencia, etcétera -de la misma manera que con las pacientes mujeres (cualquiera sea su orientación sexual) es fundamental trabajar los elementos de desvalorización de sí, inferioridad e indefensión adquirida y otras marcas sociales de la desigualdad de género. No importa cuál sea la etiqueta que la/el paciente adopte, el trabajo sobre la homofobia internalizada es ineludible y en el caso de las/os pacientes homosexuales que se escudan tras la máscara de la bisexualidad, al crear las condiciones para una mayor aceptación de sí es más probable que esa máscara deje de ser funcional y se abandone.

En el caso de las/os pacientes genuinamente bisexuales, es necesario trabajar los elementos de homofobia internalizada que dificultan la aceptación de los deseos homosexuales, así como también trabajar lo que se conoce como "bifobia" que es la internalización de los mensajes sociales negativos acerca de la bisexualidad e incluso de su inexistencia como categoría válida. En aquellas personas que tienen conciencia de sus deseos por seres de diferentes géneros y han encontrado la forma de convivir con ellos, este trabajo resulta imprescindible, sobre todo cuando se trata de personas que viven inmersas en ambientes gay o lésbicos donde carecen de interlocutoras/es validantes. Se trata de un trabajo de integración de lo que en apariencia serían aspectos "contradictorios" del deseo, y aquí la noción de sexualidad a la que nos referimos en la primera parte desempeña un rol decisivo.

"Si la bisexualidad es, en realidad y como sospecho, no una orientación sexual más sino más bien una sexualidad que deshace la orientación sexual como categoría, una sexualidad que amenaza y cuestiona el fácil binario de hetero y gay e incluso, por sus significados biológicos y fisiológicos, las categorías de género masculino y femenino, entonces la búsqueda del significado de la palabra "bisexual" proporciona una lección de otro tipo. En lugar de designar a una minoría invisibilizada, a la que aún no se le ha prestado la suficiente atención y que ahora está encontrando su lugar bajo el sol, la bisexualidad, como las mismas personas bisexuales, resulta ser algo que está en todas partes y en ninguna. En síntesis no hay una verdad acerca de ella. La pregunta acerca de si alguien fue "en realidad" gay o "en realidad" hetero tergiversa la naturaleza de la sexualidad, que es fluida y no fija, una natatoria que cambia con el tiempo en lugar de una identidad estable, aunque compleja. El descubrimiento erótico que aporta la bisexualidad es la revelación de la sexualidad como un proceso de crecimiento, transformación y sorpresa, no un estado del ser estable y plausible de ser conocido".

Marjorie Garber, "Vice Versa".

 

 

Bibliografía

 

Garber, Marjorie. Vice Versa. Bisexuality and the Eroticism of Everyday Life. New York: Simon & Schuster, 1995.

 

Kaplan, Rebecca: "Your Fence Is Sitting on Me: The Hazards of Binary Thinking", en Bisexual Politics. Theories, Queries & Visions. Edit. Naomi Tucker con Liz Highleyman y Rebecca Kaplan. New York: Harrington Park Press, 1995.

 

Margolies, Liz; Becker, Martha y Jackson-Brewer, Karla. "Internalized Homophobia. identifying and Treating the Oppressor Within", en Lesbian Psychologies. Explorations & Challenges. De. The Boston Lesbian Psychologies Collective. Chicago: University of Illinois Press, 1987

 

Shuster, Rebecca: "Sexuality as a Continuum. The Bisexual Identity", en Lesbian Psychologies. Explorations & Challenges. De. The Boston Lesbian Psychologies Collective. Chicago: University of Illinois Press, 1987.

 

Tucker, Naomi: "The Natural Next Step", en Bisexual Politics. Theories, Queries & Visions. Edit. Naomi Tucker con Liz Highleyman y Rebecca Kaplan. New York: Harrington Park Press, 1995.

 


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