Primera Parte
Te contaré mi historia desde el principio. La familia de mi papá es de la sierra, de
Huancayo. Mi papá estudió allá, pero
vino a Lima a trabajar. La familia de
mi mamá también es de la sierra, del Cusco.
Mi mamá fue criada allá, en la misma ciudad del Cusco. También vino acá a estudiar, en la
Católica. Un día se conocieron, se
enamoraron, se casaron, y se quedaron a vivir acá. Bueno, eso fue un tiempo, porque mi papá es ingeniero
químico. Él estaba empezando su
carrera, y estaba buscando trabajo.
Como acá no había, nos fuimos a la sierra. Estuvimos por Huancavelica, por Cajamarca. Así pasaron mis primeros cinco, seis años,
en campamentos mineros. Bueno,
consiguió trabajo en Huacho, donde hasta ahora está, y nos establecimos
acá. Toda mi infancia, hasta por lo menos
los once años, la viví en Jesús María.
De eso no me acuerdo mucho, sólo me acuerdo de la típica, o sea juegos,
amigos, amigas, pero sólo en ese lugar.
No tenía mucho contacto con la gente de fuera.
Yo vivo con mis papás, mi hermana y una chica que
es nuestra empleada, y que está desde hace tiempo, desde que yo nací,
creo. A los seis años ingresé a
primaria, a un colegio chico, católico, parroquial, que quedaba por Canevaro,
más o menos. Era un colegio particular
religioso. La directora era una monja. La clásica era que, por ejemplo, todos los
jueves fuéramos a misa, obligados, a primera hora. A veces los de la policía escolar pegaban. Bueno, a mí no me caía tanto. En educación física, los tres primeros años teníamos
que dar la vuelta a un parque enorme, corriendo, y eso era todo. Después cada uno hacía lo que quería. El colegio era chiquito, ni siquiera tenía
una cancha, nada.
Tendría mis ocho, nueve años, y yo me acuerdo que
una vez me quedé viendo a un chico en la misa, un niñito. La clásica, pues: yo estaba en la misa con mis papás y mi hermana, y no sé por qué,
pero yo me quedé mirando a ese chiquito.
Tenía más o menos mi edad, seguro.
Era algo trigueñito, usaba anteojos, jeans, una casaca roja con rayas
azules y estaba atento escuchando al padre.
No sé, me pareció simpático. Mi
mamá se dio cuenta y me preguntó: «¿Tú
lo conoces?» Yo le dije que no. Ni yo sabía por qué lo estaba mirando.
Después de eso pasó otra cosa que llegaría a ser
influyente en mi vida. Desde que tenía
seis años, hasta el 90, viví en la casa de mis abuelos en Jesús María. En un tercer piso construimos una pequeña
casita, digamos provisional, y allí estábamos los cinco, como familia, y mis
abuelitos abajo. Todo mi entorno era la
vida en Jesús María. Yo no salía mucho,
era chico de casa, de verdad. Tampoco me
llamaba mucho la atención salir. Tenía
amigos de colegio que vivían por ahí, y sólo iba a visitarlos. Tenía más que todo un amigo de colegio —que
hasta ahora es mi amigo— y paraba con él.
Pero también había otro amigo que vivía por Jesús
María, cerca de mi casa, al que conocí desde chiquillo también, desde que
tendría siete, ocho años. Parábamos
juntos, también jugábamos, pero el chico tenía ciertas inclinaciones que eran
muy particulares. Al principio, según
lo que me cuentan, era el típico chico que levantaba las faldas, que cualquiera
pensaría que era un niño terrible. Yo
de verdad no me acuerdo mucho cómo empezó esto, pero hubo un tiempo en que el
tipo de conducta de amigo cambió. De
pronto le gustó ponerse ropa de mujer.
Agarraba la ropa de su mamá y se la ponía. Por jugar, o sea la clásica de que quería ser, no sé, una actriz
de televisión. Pero claro, nosotros lo
tomábamos como un juego. Se ponía los
zapatos de tacón alto de su mamá. Él
era la mitad de la medida de los zapatos, pero igualito se los ponía. También le empezó a gustar pintarse la boca,
todo en plan de juego, al menos eso era lo que yo entendía.
Yo no sé de dónde demonios sacó esa forma de ser,
porque su mamá es más o menos como mi mamá, o sea tranquila, hasta creo que
estudió en su mismo colegio. Y su papá,
¡nada que ver! Lo hacía solamente
enfrente de mí, porque éramos amigos, y de mi hermana. Él espontáneamente agarraba la ropa de su
mamá, se la ponía y jugaba, bailaba, hacía cosas así. Su mamá sabía, y lo consideraba también como un juego. Para mí realmente eso no tenía nada de
extraño. En realidad ni siquiera
sabíamos qué era lo que estaba haciendo.
Era un chico normal, así como yo.
Éramos más o menos educados de la misma manera: el mismo entorno, el mismo barrio. Pero pasó el tiempo, y le siguió gustando
vestirse así. No andar todo el rato,
sino que le gustaba de cuando en cuando ponerse ropa de mujer y jugar, hacer
algo así como una coreografía, pero sólo entre nosotros, nunca enfrente de
otros. A su mamá parece que le llegó a
hartar que se vistiera así, y la cortó.
Le dijo que no lo volviera a hacer, pero siguió, y estuvo así un tiempo
más.
Ese era mi amigo de barrio, pero tenía un amigo de
colegio que vivía un poco más allá, y la clásica era: «¿Voy a tu casa a jugar?»
Este amigo era lo que se le podría considerar ahora un chico
«rarito». Pero no en el sentido que la
gente lo considerara homosexual. Era
más o menos como yo, o sea introvertido.
Jugábamos con muñecos, con esas huevaditas de He-Man, o si no veíamos
televisión. Paraba mucho con él, y
hasta ahora de cuando en cuando lo veo.
Con él pasé toda la primaria.
Mientras estaba con este amigo de primaria —íbamos al mismo colegio, al
mismo salón— estaba también mi amigo del barrio. Este chico, el que se vestía de mujer, empezó a acercarse más a
mí. Yo también. No entendí por qué, pero de pronto empezamos
a jugar. Él me decía: «Vamos a jugar a los enamorados».
Yo tenía ocho o nueve, porque esto era en primaria,
no era cosa de chicos grandes, tampoco tan chiquitos. Habrá sido en cuarto de primaria. El chico no era como yo, introvertido, sino que se le podría
considerar todo lo contrario, extrovertido, muy suelto. Todos lo consideraban mañosón, pero con las
mujeres, no pensaron que podía ser «así».
El único que se dio cuenta fui yo, nadie más. Empezamos a jugar a eso, a «los enamorados». De pronto se acercaba, y nos besábamos. La primera vez fue en la mejilla, después
fue en la boca. Los dos lo
considerábamos como un juego, al menos yo.
Cada vez que nos encontrábamos lo hacíamos, pero no pasábamos de eso,
sólo nos besábamos, nos gustaba besarnos en la boca. No era un beso apasionado ni nada de eso. Lo que sucedía era que
nos gustaba besarnos imitando a las parejas que se besaban y que veíamos en la
tele de los ochentas. Yo, como todo
niño, nada que ver con las chicas. No
me llamaban la atención. Tampoco los
chicos. Lo que pasaba, pasaba solamente
con él. No era que de pronto me
comenzaran a gustar los chicos. Lo que
pasaba era sólo entre los dos, como un juego.
Era espontáneo, pero más que todo venía de él. Él era al que le gustaba hacer eso, y bueno,
a mí también me llegó a gustar. Pero
claro, eso quedaba entre nosotros. No
lo hacíamos enfrente de nadie, ni siquiera de mi hermana. Con los chicos del colegio de varones
tampoco pasaba nada, no era de que por ahí empezara a mirar a alguien. Tal vez, pero en ese momento no entendía por
qué los estaba mirando. Lo que pasaba,
sólo pasaba entre los dos. Por ejemplo,
con mi amigo del colegio nunca pasó nada.
A veces nos quedábamos también solos, jugábamos solos, estábamos solos,
pero él nunca me planteó eso, ni a mí tampoco se me ocurrió planteárselo porque
no me nacía.
La frase de mi papá era: «Estudia, estudia, estudia, estudia». Mi papá había sido un chico aplicado, porque ingresó a la
universidad a los diecisiete, y acabó rápido.
Hasta donde sé estudió bien, sacó buenas notas, y salió graduado
rápido. Pero ahí había un
problema: todo su pensamiento estaba
enfocado en la universidad. No sé cómo
habrá sido su examen, tal vez a él le habrá parecido difícil, pero la idea era
que él pensaba que si no estudiaba desde primaria, me iban a jalar y no
ingresaría a la universidad. Se le hizo
casi una obsesión. Cuando llegaba de su
trabajo, la clásica era que nos pedía los cuadernos y empezaba a revisarlos. Cuando uno es chico a veces se le pierden
las cosas, y él se enojaba bastante. No
es que eso me haya asustado, sino que me fue cerrando más. Había cosas que le quería decir, por ejemplo
«mira, han pasado tal cosa en la tele», pero a él no le interesaban. Decía:
«A mí no me interesa, tú estudia no más». Eso como que me alejó un poco de mi papá, e hizo que prestara
menos atención al hablar con él. Pero de todos modos, él siempre estaba ahí
apoyándome en otros aspectos como la misma educación. Veía que no me faltara que comer, me daba ropa y aunque no era
muy elocuente a veces, sabía demostrar su cariño. Pero entre todas esas cosas, la educación al parecer era lo más
importante en su cabeza. En verdad
había muy pocas cosas en primaria que quería contarle, porque no había nada que
hablar, nada que le interesara, qué sé yo, juguetes, nada, y mucho menos
«eso». Al menos de «eso» no me interesó
hablar con nadie. No era importante, no
pensé en la idea de que fuera homosexual, porque eso ni siquiera estaba en mi mente,
ni siquiera tenía idea de lo que era.
En sexto de primaria pasó algo con otro chico. Yo me acuerdo que estábamos justamente en la
última salida del colegio, en el campo.
Los patas se cambiaron para entrar a la piscina, todos se quitaron la
ropa y se bañaron. A mí me daba
vergüenza, no quería entrar, estaba así todo arrochado. Me dijeron que no, que cómo era
posible. ¡Yo me acuerdo que me metí a
la piscina con mi polo, porque no quería que me vieran! Cuando estaba por la piscina, un chico que
estaba sólo con su short me agarró, me abrazó por atrás. Ahí me arroché, me retraje bastante. Tampoco le dije nada, y ahí quedó. Él lo hizo por jugar, eso lo noté bien. También era mi amigo, así que normal. Pero
al estar en sus brazos sentí una sensación única, algo que hasta ahora no sé
que fue.
Como era un colegio chico, había un salón por
grado. Éramos algo de treinta alumnos,
y todos éramos amigos. No era que
tuviera alguien a quien le cayera chinche.
Tampoco era el amigo de todos, pero al menos me llevaba bien con la
mayoría. Que fastidiaran, no, de nada,
porque todos éramos relativamente iguales.
Pero sí estaba el hecho de que era un colegio religioso, y nos metían
mucho la misa. Por ejemplo, en las
formaciones de entrada cantábamos.
Hicimos la primera comunión en el colegio. A mí me gustó. No era que
me lo impusieran. En realidad la
primaria pasó como algo normal.
También me metí a los scouts. Una experiencia bonita, porque conocí chicos
que venían de otros colegios. Una vez
fuimos de campamento, pero no pasó nada de nada, porque a mí no me interesaba
que pasara nada. Supongo a que los
otros tampoco. Yo no observé nada raro
en ellos, tampoco en mí. Estuvimos dos,
tres días acampando fuera. Había
juegos, todas esas cositas, y nos daban parches por cada actividad. Un bonito recuerdo. Otra cosa interesante que hice en primaria
fue que me metí a un grupo de karate.
Después hice natación, y estuve por la Federación de Jesús María. Era una vida normal, excepto un poco por el
comportamiento de mi papá, que a veces decía cosas sin pensar. Por ejemplo, cuando perdía alguna cosa, mi
papá se enojaba, que cómo era posible que pierdas tus cosas así, y mi mamá le
decía: «¿Pero cómo le vas a pedir eso a
un niño?» Mi papá siempre decía que mi
mamá le daba la contra. Eso como que me
fastidiaba.
En el colegio mis notas eran pasables, normales,
mucho mejores que en la secundaria, pero no me habían convertido en el chico
chancón que querían. Es que no me
interesaba tampoco. Como el colegio era
de primaria nada más, para la secundaria me cambié al colegio donde estaba mi
hermana, que también está en Jesús María.
Postulé dos veces, una en quinto de primaria y no entré por el inglés, y
a la otra sí, porque tuve unas clases de nivelación. También entró mi amigo del colegio, mi pataza, y otros más de mi
colegio de primaria. Todo era
diferente. Por ejemplo, no formaban,
entraban de frente a clases. Tampoco
iban a misa. La estructura era más o
menos parecida a la del colegio de primaria, porque era particular religioso,
pero no era tan así. Sólo hacían una
formación, una actuación cada semana.
La gran diferencia era que era mixto, y eran dos salones por promoción.
Paralelo a esto, nos mudamos de Jesús María a
Barranco, porque mis papás construyeron una casa y para ese tiempo, para el 90,
ya estaba terminada. Esos contactos con
el chico de mi barrio siguieron, porque su mamá conocía a mi mamá. Seguíamos en ese plan, pero ya íbamos a un
poco más. Me acuerdo incluso que por el
89, en Jesús María todavía, estuvimos en la cama. Estábamos no teniendo sexo, sino así, pegados. Por ahí sentí algo, una sensación rara que
nunca había sentido, y me asusté.
Después, cuando nos mudamos, seguimos en ese plan. Cada vez que iba, por ejemplo por el
cumpleaños de mi mamá o de mi papá, había un momento en que nos quedábamos
solos. Como la casa era de dos pisos, a
veces estábamos arriba, y pasaban cosas, pero ya no eran sólo besos, sino que
era algo más, porque a veces incluso el chico se quedaba a dormir en mi cama. Y pasaban cosas: nos besábamos, nos quitábamos la camisa, nos tocábamos. Teníamos orgasmos. Eso fue en el 90. Yo
tendría mis once, doce. Después de que
pasaba, yo lo hacía de lado, y le decía:
«Eso lo hacen sólo los maricones».
Es que de verdad, yo no me consideraba un homosexual. Yo consideraba que eso estaba pasando sólo
con él, nunca que era un gay al que le gustaba estar con chicos. No era que yo fuera a buscarlo, o que lo
trajera a la casa, sino que cuando él iba, pasaba.
A la par me empezaron a gustar las chicas. Porque yo te dije, ¿no es cierto? Soy bisexual. Mi atracción por las mujeres empezó de lo más normal, a los once,
doce. Tenía una amiga en el colegio,
nos hicimos patazas, y me llegó a gustar.
Primero sientes algo raro hacia ella, que no sabes qué es, y después te
das cuenta, y es que te gusta. Digamos
que eso empezó de la forma normal, pero el problema era que a la par que pasaba
eso en el colegio, pasaba lo que te digo con el otro chico. Seguimos así hasta más o menos los
catorce. Fueron casi cinco años, seis
años que estuvimos así. Mi gran dilema
era que decía: «Me gusta esta chica
pero, ¿cómo puede estar pasando esto, y a la vez estar haciendo lo otro con el
chico?» No era que me gustara el chico,
sino que simplemente queríamos hacer eso, y lo hacíamos, al menos yo lo
entendía así. No era tener relaciones,
penetración. Simplemente qué se yo, nos
besábamos, a veces pasábamos la noche juntos, tal vez por ahí sin ropa, pero
sin nada de «eso», porque no había imaginación.
Yo hasta cierto momento pensé que el chico estaba
en las mismas que yo, que quería eso nada más, pero un día, después de que
«pasó», yo me acuerdo que estábamos en el cuarto, y me dijo: «Te amo... lo dije». ¡Pucha!
Me lo dijo a los trece, catorce, y ahí sí que yo me palteé, porque no
entendía. ¡Ahí me rayé! De golpe yo le dije: «¡No digas eso! ¿Cómo me puedes estar diciendo eso?» Me dijo: «No, yo te
amo». Parece que era algo que quería
decir hacía tiempo. Lo que él sentía
era diferente de lo que yo sentía, y en ese momento fue cuando me di cuenta. Yo le dije:
«Estas cosas no son de nosotros», porque de verdad no entendía. Se lo dije tranquilo, no como un reproche. Yo me consideraba heterosexual, porque de
verdad me gustaban las chicas. Le
dije: «Eso sólo lo hacen los
maricones». «No, eso es lo que
siento». «Por favor, no digas eso, no
vuelvas a decir eso».
Después de eso, que sería en segundo de secundaria,
la seguimos. Acababa «eso», bajábamos,
estábamos con la familia, y después como si nada hubiera pasado, chau,
chau. Pero después otra vez volvía a
pasar. Una vez, que fue cumpleaños de
no sé quién, se quedó a dormir en mi casa.
Cuando queríamos estar, no lo planteábamos directamente, sino que él
decía: «Me voy a quedar en tu
casa». «Qué bien. ¿Y en qué cuarto te vas a quedar?» «Aquí».
Sucede que una vez estuvimos en el cuarto, más íntimamente que nunca,
porque las habitaciones contiguas estaban vacías. Estaba la puerta cerrada, la ventana cerrada, la cortina
cerrada. Ese fue el momento en el que
hubo más intimidad entre los dos. ¿Cómo
te digo? La clásica era que nos
besábamos, después nos quitábamos el polo, la camisa, lo que tuviéramos, y así
nos seguíamos besando. Pero esa vez
fuimos a más. Después de que estuvimos
así dentro de la cama, me dijo: «¿Y si
nos quitamos el pantalón?» Nos quitamos
el pantalón los dos. Después también
nos quitamos la trusa, nos quitamos todo, estábamos desnudos dentro de la cama,
haciendo cosas. Yo tendría más o menos
mis quince años, fue más o menos por el 94.
Tuvimos un orgasmo, sin penetración, sin nada, pero el chico se asustó.
El chico —y creo que yo también— nos dimos cuenta
en ese momento de que lo que estaba pasando ya no era un juego de niños, porque
ya no éramos niños, éramos ya adolescentes.
Lo que estaba pasando era algo más.
Nos asustamos. El chico me
dijo: «Hasta aquí nomás». Se retiró.
Él estaba encima de mí, en mi cama, y se puso a un costado. Yo le dije:
«¿Ya no quieres seguir?» «No, ya
no quiero». Yo le insistí bastante,
entonces dijo: «Ya, bueno». La seguimos, cada vez más íntimamente. De pronto el chico la cortó de hachazo. Hubo un momento en que por poco lo fuerzo,
porque yo lo quería agarrar. El chico
se paró de la cama y se fue al cuarto de la chica —que no estaba— y ahí se
quedó a dormir. Pero primero me
dijo: «Ahora les cuento todo a tus
papás». Yo me palteé. Me paré y lo seguí al cuarto de la chica. Yo le dije:
«¿No quieres dormir conmigo otra vez?
¿No quieres dormir en mi cuarto?»
«No, no quiero». «Ven, por
favor, ven, ven». De tanto que le
insistí volvió a mi cuarto, se quedó y ahí dormimos. A la mañana siguiente ni tuvimos oportunidad de hablar de eso,
pues mi mamá me levantó temprano para hacer un encargo. Quería hablar con el chico de eso, pero él
mismo, que ya estaba despierto cuando me levantaron, me dijo que mejor
fuera. Cuando volví estaba comiendo con
todos y ni por asomo habló del tema, nunca más.
Después de esa vez por ahí que a veces me
decía: «Me voy a quedar en tu
casa». Cuando yo estaba en su casa, él
le rogaba a su mamá que me quedara. La
cosa es que me gustaba que pasara eso, pero sólo cuando pasaba. No era algo que yo buscara, sino que cuando
estaba en determinado momento con él, pasaba.
Hasta su mamá me decía: «¿Por
qué no te quedas?» Sólo un par de veces
me quedé en su casa y bueno, también fue para eso, pasaron cosas. Pero el comportamiento del chico me dejaba
sorprendido, porque imagínate, yo me acuerdo que en secundaria ya me
decía: «Yo la hago de mujer». Eran cosas que no escucharía por lo menos,
qué sé yo, cinco, seis años después. ¡Y
que me lo dijera así, pasu! ¡Me
rayó! Él era como yo, era chico de
casa, y yo no sabía de dónde demonios había sacado esas cosas. Hasta ahora no lo sé. A veces, cuando estábamos en la cama, me
decía: «Ven, tócame, siente». Él parece que dentro de sí era un homosexual
declarado, pero para todos no, para todos era el típico chico que va detrás de
las chicas. Finalmente, a los quince la
cortamos.
A la vez pasó otra cosa: me empezó a gustar un chico del colegio. Ese chico al principio me molestaba
bastante. Una vez yo gané un concurso
de literatura entre colegios, y el chico se me acercó. Me dio la mano, me dijo: «Te felicito», y me abrazó. ¡Eso me gustó! El chico era simpático.
Notaba que su conducta había cambiado.
En secundaria sí me fastidiaban bastante, y a la mala. Yo de verdad que no entendía por qué me
fastidiaban, porque mal no les caía a todos, pero había un grupo que siempre
fastidiaba. Este chico, como veía que
otros me fastidiaban, también me fastidiaba.
Más que fastidiar, lornear. A él
ni siquiera le interesaba trabajar conmigo en grupo, y encontrar grupo era
difícil, al menos para mí, porque no me llevaba muy bien con todos. Pero de pronto, en ese momento cambió su
actitud hacia mí. Desde ese día, yo lo
noté, el chico andaba más apegado a mí.
De cualquier cosa me hablaba, y también me di cuenta de que me empezaba
a tocar. Otros chicos también lo
hacían, pero más que todo en el hombro, pero este chico en particular no, me
empezaba a tocar la barriga. Eso me
extrañó y me hizo recordar al primer chico, a mi amigo del barrio.
Entonces empecé a sentir también algo por él. Este chico, yo decía, no me iba a gustar en
la vida, primero porque era un fastidioso, ni siquiera quería andar con él, ni
siquiera me fijaba en él para nada, pero después sí. Me di cuenta de que él empezaba a tener una conducta que era
parecida a la mía en ciertos aspectos.
A veces, por ejemplo, yo estaba de buen ánimo, era extrovertido, y de
pronto cambiaba. Esa conducta la
observé en él, pero después, un mes después, dos meses después. Él de cerca era un chico extrovertido, pero
se retrajo también, de la misma forma que yo, y qué sé yo, empezaba también a
comerse las uñas, a agarrarse la boca, y esas conductas las empecé a ver en él,
pero después de que me pasaron a mí. De
cualquier manera él quería estar conmigo, y siempre le gustaba darme la
mano. En el colegio todos se saludaban,
pero sólo «hola, qué tal». A él le
gustaba darme la mano y agarrarme.
Estuvimos tercero, cuarto y quinto en el mismo
salón. A pesar de que nos rotaban, nos
tocó en el mismo salón, y empecé a sentir algo por él. Yo tengo un diario que escribo desde el 94
—que lo tengo hasta ahorita—, y lo empecé a escribir justamente por lo que
estaba pasando con el chico de mi barrio.
No se lo podía contar a nadie. A
mis papás, ni loco, viendo cómo era su forma de ser, tan católicos. Como no tenía a quién contárselo, y no
estaba acostumbrado a hablar de esto con nadie —de nada con nadie—, empecé a
escribir, escribir, escribir qué pasaba cada día. Por ejemplo: «Tal día me
levanté temprano, fui al colegio, estuve por ahí, estuve por allá». Empecé a escribir: «Pasó algo con este chico».
Después otra vez: «Pasó algo con
él», «pasó algo con él», «pasó algo con él», todos los días era así. Me acuerdo que un día estábamos en el salón
—bueno, ahí sí se me ocurrió a mí hacer algo—, y él se sentó en la carpeta de
adelante. Toqué su zapato con el mío, y
hubo un momento en que el chico me correspondió. Yo me palteé más, porque de hecho todo el mundo nos estaba
viendo. Por lo menos si no nos estaban
viendo, se podían dar cuenta. Estuvimos
como cinco minutos tocándonos así.
Bueno, después no hablamos de eso, pasó nada más.
Una vez estábamos en Educación Física —al chico le
gustaba el fútbol—, se levantó el polo para secarse la cara, y yo lo miré. Ahí fue cuando sentí algo más. Yo le miré el torso, y el chico se dio
cuenta, pero no me dijo nada, y al parecer tampoco le dijo nada a nadie. Al empezar a escribir mi diario ya había
terminado lo que pasó con el chico de mi barrio, pero empezó esto. Tal vez mientras una cosa estaba por
terminar empezó la otro, no me acuerdo bien, pero para el 94 mi atención era
más que nada hacia él. No andábamos
juntos, pero por ahí que a veces hacíamos trabajos juntos, hacíamos cosas
juntos. Al chico le gustaba seguir en
ese plan, por ahí que me tocaba, y después yo también me animé a tocarlo,
tampoco algo tan obvio, porque estábamos enfrente de todos. Una vez, escribiendo en mi diario, me di
cuenta: «Hay algo más con este
chico: ME GUSTA». Lo escribí así, con letras grandes. Hasta ahorita lo tengo anotado en mi diario,
en algo así como un resumen de lo que más me chocó ese año. Yo me acuerdo que puse así, hasta ahorita lo
tengo ahí: «El chico me gusta, me gusta
su pecho, me gustan su cara, su cuerpo...».
Pero ahí sí lo escribí dándome cuenta perfectamente y sin engañarme, de
lo que sentía. Decía claramente: «Me gusta físicamente». En lo sentimental no me gustaba para
nada. Era un chico y a mí me gustaban
las chicas. Sin embargo en lo físico
sí, me empezó a gustar. A la par
estaban las chicas, me hubiese gustado salir con alguna, pero esto siguió. La tendencia a fijarme más en los chicos
aumentó.
Para quinto de secundaria me di cuenta de que
estaba enamoradísimo de él, algo así como un amor platónico. Me gustaba su físico, y por ahí que me
empezó a gustar su personalidad. El
chico fastidioso se volvió mi amigo, unos de mis patas más allegados, y siempre
quería andar con él. Entonces bueno, yo
me alegré, feliz. Una vez por poco me
le declaro, te juro. En quinto una
profesora nos llevó a los dos para que trajéramos materiales que estaban en no
sé qué parte del colegio, y estuvimos los dos solos. De eso nunca hablamos, para nosotros eso no existía, sólo pasaba,
pero no existía. Casi se lo digo, me
moría, estaba a punto, pero algo me contuvo.
Después, en el viaje de promoción, nos fuimos a Huaraz, subimos un
nevado juntos, andábamos juntos caminando, pero nunca planteamos el tema. Me hubiera gustado estar con él en su
cuarto, porque dormíamos en grupos de cuatro, pero no estuve con él. Pero los dos sabíamos que algo había. También seguía la tendencia de que tenía un
patrón de conducta parecido al mío, pero con un retraso. A veces lo veía retraído, y me daba cuenta
de que yo había sido así tiempo atrás.
Entonces yo decía: «Si es así,
habrá un momento en que yo le guste».
Pero era quinto de secundaria y ya nos íbamos. El chico aparentemente era straight, porque tenía enamorada. Y la clásica, era acólito en la parroquia.
Me acuerdo también que hubo un examen
psicológico. En quinto de secundaria el
examen psicológico me lo leyeron a mí —porque mi mamá llegó tarde— y salía que
lo más resaltante de mi personalidad era la inestabilidad emocional. Había un test con cuatro patrones de
conducta, y yo estaba casi en el medio.
Llegó mi mamá, y la psicóloga siguió leyendo. Después vino la clásica que tú hacías un dibujo de un chico y una
chica. Lo vio, y me hizo notar que el
dibujo que había hecho del hombre era más grande que el de la mujer. Dijo:
«Tendencia a considerar inferior a la mujer». Le dijo a mi mamá: «No se
asuste, pero de seguir este paso, va a llegar a la neurosis». Y de verdad en ese momento mi cabeza estaba
rayada. Estaba lo de las chicas —que al
final de cuentas era «normal», así que no me importaba—, pero lo que pasaba con
los chicos de verdad no lo entendía. Yo
decía: «Pero cómo pueden pasar estas
cosas, cómo me pueden estar pasando a mí, de verdad no entiendo». Una cosa hubiera sido que sólo me gustaran
los chicos, y ahí sí, yo lo hubiera asumido como homosexual. Pero pasaban ambas cosas. Para mí no existía el término bisexual, y me
palteé.
Así acabó el colegio. Mi amigo de los dos colegios, mi pata del alma, se fue a la
UNI. Un amigo por ahí me sacó la idea
de postular a la Católica. Nos inscribimos
tres en la academia Trener y estuvimos estudiando para la Católica en el ciclo
de verano del 96. Todo lo demás quedó
de lado, porque el ciclo de verano era fuertísimo. Me acuerdo incluso que en el baño, en la puerta del sanitario,
decía: «Hola, tengo dieciséis, quiero
estar contigo», pero lo vi y me llegó.
No me interesaba porque no tenía tiempo para eso ni para otra cosa. Incluso el diario que escribía lo dejé de
escribir por un buen tiempo, porque me quedaba hasta las cuatro de la mañana a
estudiar. Pero sí me daba cuenta de que
empezaba a ver a los chicos por la ventana.
Al principio yo no entendía qué era lo que veía. Pensaba que veía su ropa, pero empecé a ver
sus caras, después empecé a fijarme en su forma de ser, y bueno, después de un
tiempo ya entendí. Vi por ahí la definición
de «bisexual» y dije: «Pucha, soy
bisexual». Yo me quedé sorprendido
porque recién ahí me di cuenta de lo que estaba pasando, y bueno, dije: «¡Fantástico, genial para mí, no hay
problema con eso!»
Hubo otra cosa también, una última cosa del
colegio, que también iba a cambiar todo.
Yo empecé a leer un libro —no sé si sabrás de él—, «Caballo de
Troya». Es un libro alucinante. En cierta forma, lo que hizo fue abrirme un
poco la mente, o sea, aprender que no todo era tal como lo consideramos, que
siempre hay un factor de duda.
Especialmente, mi factor de duda fue en la religión. Para quinto de secundaria, las cosas que
enseñaban en Religión para mí eran pavadas.
Mis ideas ya habían cambiado completamente con respecto a la religión, y
yo se lo decía a la profesora. No me
tomaba en serio, pero yo se lo decía.
Todas mis ideas acerca de la religión cambiaron drásticamente, de tal
forma que ni siquiera me confirmé. En
cuarto por ahí alguien me dijo: «¿Te
confirmas?» Yo le dije que no. En quinto ya no pude hacerlo con mis
compañeros, y me fui por mi barrio, por Barranco, a confirmarme. Estuve yendo a todas las clases de
confirmación, a todos los retiros, y faltando dos semanas dije: «No me confirmo», porque veía que mis ideas
eran diferentes a las «clásicas». Hasta
ahora no me he confirmado.
La religión viene apegada a la moral, y todo eso
cambió. Me di cuenta de que algunos
valores morales —incluida de hecho la homosexualidad— cambiaron. Me pareció absurdo pensar que pudieran
considerar la homosexualidad como un pecado.
O sea, para mí cambió el concepto de lo que los católicos llaman
pecado. Al entrar a la academia ya
había leído ese libro, son cinco tomos enormes y entré con otras ideas. Pasó el ciclo de verano, postulé, no entré. Pasó el ciclo de agosto y recién entré. Durante todo el proceso de la academia —casi
ocho meses claves— no pasó nada, no me interesó que pasara nada. Más bien pasó algo, pero con una chica. Comenzamos a salir, me empezó a gustar, pero
bueno, acabó el ciclo de verano y nunca más la vi. Pero con chicos no pasó nada, ni me interesó que pasara.
Entré a la universidad, a Generales Ciencias. No solo, porque en mi segundo ciclo en la
Trener hice amigos. Ya para ese ciclo
había estudiado bastante, entonces estaba en el primer salón, y me hice amigo
de todos. El salón era chiquito, veinte
alumnos. Todos ingresamos. Hice amistad sobre todo con un chico. Con él salíamos, por ahí me invitaba a su
casa, y bueno, andaba pegado a él.
Allá, en la universidad, fue todo diferente. Académicamente, comparando con la academia, no me quejé, pero
emocionalmente sí. Ahí sí entré 100 por
ciento a lo que es la vida gay. No era
que me lo buscara —¡te juro!— pero las cosas se me presentaban a cada paso que
yo daba, desde el primer día que entré a la universidad.
¿Tú has estado en esos salones grandes, 101,
102? ¿No es cierto que al costado hay
un baño grande? Entré una vez, me
senté, así, normal, como cualquiera, y me sorprendió que el baño tuviera huecos.
Me pasé al otro baño y también estaba así.
Pensé: «¿Pero qué pasa acá?» Y después, mirando bien, en esas paredes
había pintas homosexuales. ¡Todas eran
pintas homosexuales! Sabía que en la
universidad había, pero no que fueran tan conchudos de escribir semejantes
cosas. La clásica era: «Hola, tengo tantos años, cítame», «Hola, me
gustaría estar con algún chico. Si
quieres te ayudo a pagar tu boleta.
Cítame». Otros escribían: «Hola, ven tal día, confirma», y abajo
contestaban: «Ya pues, tal día». «¿Confirmado?» «Confirmado». ¡Mensajes
enteros escritos en las paredes del baño!
¡Yo me quedé sorprendidísimo, porque no entendía cómo pasaba esto en la
cara del Rector, y nadie hacía nada!
Porque en el colegio, una pinta así, ¡en la vida! ¡Si ni siquiera había pintas de nada! Los dos colegios en que he estado han sido limpios,
tranquilos. ¡En cambio en Generales
Ciencias, o sea en mi cara, en la cara de los cachimbos, veía semejantes cosas!
Bueno, por una parte me alegré: Yo decía:
«Ah qué bueno, aquí hay gente».
Pero me extrañó que sólo buscaran eso.
Para ese momento yo ya sabía lo que era. Pero sabía que lo que quería ya no era tener relaciones sexuales
porque, al menos como yo las concebía, ya las había tenido. Ya sabía lo que era un beso, lo que era
estar en la intimidad con un chico.
Pero lo que no sabía era cómo era tener un amigo que tuviera las mismas
ideas que yo, y que quisiera hablar conmigo.
Eso era lo que yo quería: tener
un amigo con quien hablar. Aunque sabía
muchas cosas, había otras que de verdad no entendía. Por ejemplo, cómo iba a ser mi vida de adulto, porque una cosa
era estar ahí, empezando, pero otra cosa era tener una vida establecida. ¿Sería la clásica de tener familia? No sabía nada. Entonces, quería hablar.
¡Y ahí, para mi sorpresa, veo semejantes pintas en el baño! Me sorprendió bastante, me palteó bastante,
porque dije: «Ah, qué bueno». Pero después, al ratito, me pregunté: «¿Y dónde están? ¡Estos maricones pintan pero se esconden!»
Ese mismo día me quedé porque tenía clase hasta la
tarde, y escribí una notita en el baño que decía: «Hola. Tengo
diecisiete. Cítame». Así, siguiendo más o menos el modelito que
había visto ahí. ¡Al día siguiente
estaba repletito de respuestas! «Hola,
tal día». «Tal día». «Tal día».
Quería tantear, o sea, quería saber si eso había pasado ya, o si todavía
estaba vigente. ¡Y me di cuenta de que
todo eso estaba en pleno movimiento! ¡Y
en Generales Ciencias, al costado de mi salón!
Pero a Wilmer, mi amigo de la academia —con quien empecé a parar porque
nos tocó justo el mismo horario— nunca le hablé de eso. Había una chica, que también era de la
Trener, que le gustaba. En la
universidad, en el segundo día de clases, me contó: «Esta chica me gusta». De
ahí nos empezamos a hacer amigos porque me contaba sus intimidades, pero todo
lo relacionaba con esa chica. Y bueno,
yo no podía hablarle de «eso», obviamente, y mucho menos a los otros, porque
eran mis amigos, pero no tanto.
Bueno pues, escribí y me respondieron. Yo decía bacán, pero no quería
encontrármelos ahí, en esos bañazos enormes donde entran todos, que se llenan
cuando toca el timbre de cambio de hora.
El segundo o tercer día de clases pasó algo. Entré al baño, y en la esquina que da justo a la hilera de los
urinarios había un pata que se estaba ocupando. Entonces me fui a su costado.
Los pisos parece que los habían trapeado, así que me di cuenta, por el
reflejo del suelo, que el pata estaba mirando por el hueco. Entonces yo dije: «¡Ah, ya caíste!» Cerré
la puerta, y supongo que el pata esperaba que yo me bajara todo. Volteé y lo miré por el hueco, y el pata se
palteó. Sacó su cabeza y tapó el
hueco. Ahí me excité. Era el segundo homosexual del que tenía
noticia después de mi amigo del barrio.
Yo me quedé con el ojo en el hueco.
El pata otra vez volvió a abrir, me vio, y volvió a tapar. Después me tocó con el pie, y yo le seguí la
corriente. Como el pata entendió que yo
también andaba en las mismas, me pasó un papelito por abajo. Ya ni me acuerdo bien qué decía. «Hola, ¿qué quieres hacer?», algo así. Yo todavía estaba tímido. Contesté:
«No sé. ¿Qué quieres que yo
haga?» El pata me escribió: «Quiero ver tu “cara”». ¡El pata quería ver mi «cara», pues, el pata
quería ver esta «cara», y no le entendí, todo huevón! Después me explicó: «¡No,
eso no!». Le mostré. Después me dijo: «Quiero ver “eso”».
Entonces me paré y le mostré mi sexo por el huequito. «¿A ver tú?» El pata también lo hizo.
Bueno, parece que el pata se arrochó más que yo y no la quiso
seguir. Entonces me dijo: «¿Qué tal si mejor salimos?» Parece que quería decir: «¿Qué tal si aquí la dejamos?» Yo le digo:
«Ya, bacán». Yo entendí que el
pata me decía: «¿Qué tal si quieres que
nos encontremos afuera?» Yo salí
primero y me fui a los lavatorios, esperando que el pata saliera. Cuando salió, se palteó porque no esperaba
verme ahí. Se quitó y yo me le acerqué,
casi en la puerta. Entonces, lo primero
que hago es decirle al chico: «Hola,
qué tal». O sea, le doy la mano. Esa mi forma de entender que pasaran esas
cosas: entre amigos, nunca pensando en
un encontrón, nunca pensando en estar con el primero que me encontrara. El pata se arrochó. Parece que era mayor que yo, creo que
tendría sus veinte. Me dice: «¿Tú, qué quieres hacer? No entiendo». Y después me dijo: «Vamos
a dar una vuelta». Era el segundo o
tercer día de clases, de cachimbo.
Entonces salimos.
Yo me acuerdo que estábamos por el 309, en el tercer piso. Me decía:
«No, no, por acá me conocen». Me
llevó a otro lado dentro del mismo pabellón B.
Empecé a sacarle conversación:
«¿Y tú qué haces?» Vi su boleta,
tenía bastantes cursos, ni siquiera sabía lo que eran. Empezamos a hablar. El pata me dijo: «¿Tú qué quieres? No sé
lo que quieres» Entonces entendió como
que yo quería que pasara eso, que tuviéramos sexo. Me dice: «Ah, ya, quieres
eso». Dije: «Sí. ¿Dónde puede
ser?». Yo de verdad ahí sí estaba
excitado, estaba con la voz que me temblaba, porque nunca había tratado así con
alguien. Con el chico de mi barrio
nunca hablamos, simplemente pasó, en cambio con este era de frente. Nunca había propuesto algo así a nadie. Entonces el pata dijo: «Ya pues», y salimos. Empecé a entender que al pata lo conocían,
lo fichaban. Entonces le digo: «Mejor tú sales por la puerta principal y yo
salgo por la de Ciencias, y nos encontramos afuera». Salí por el tontódromo a la altura de la cafetería de Artes. Me chocó.
De pronto empecé a mirar a la gente.
Eran como las doce y todos estaban en los jardines, comiendo. Sentía como que todo el mundo me estaba
mirando. Entonces ahí empecé a pensar
con la cabeza fría. Me dije: «¿Te das cuenta de lo que acabas de hacer y
de lo que vas a hacer?» ¡Pucha que me
rayé! «¿Qué estás haciendo? ¡Mejor no!». Lo fui a buscar para decirle que ya no. Pero el pata, más maricón, se fue, se chupó, pues. Y también en buena hora, porque nunca supe
si de verdad hubiera tenido tantas agallas para decirle que no. Creo que lo volví a ver, pero recién este
semestre, caminando por ahí. Me
emocionaba cada vez que me acordaba que había pasado eso.
Después compré una edición de Confidencial
para gays. No era periodismo, era pura
farsa. En un artículo decía que a los
gays hay que respetarlos. Daban consejos
para la salud, para complacer a la pareja.
Pero en otro artículo de ese mismo periódico decía que eran una peste y
que habían invadido el Perú. Hablaban
de «las locas de la televisión», y metían tantos nombres que yo me creí que
todos eran. Pero una cosa era comprar
eso, y otra cosa era buscar gente en la calle.
Yo de hecho que no quería encontrarme con gente en la calle, porque tal
vez había la posibilidad de que no fuéramos compatibles. Yo quería encontrarme con gente de la
universidad porque estudiábamos juntos y se podría decir que estábamos en el
mismo nivel cultural. Entonces empecé a
ir allá otra vez, al baño de Generales Ciencias, al costadito de mi salón, pero
todo era para buscar un amigo. Quería
hablar, quería contarles: «Mira, soy homosexual. Tú también, qué bacán. Ven, hablemos». No era que buscara hacer cosas, mañoserías, porque tampoco tenía
mucha imaginación. En realidad no
quería, no me interesaba.
Una vez encontré en el baño a un pata que resultó
que estaba en mi salón, en mi horario.
Así, igualito que con el otro, como habían trapeado del piso se notaba
por el reflejo que estaba mirando. Yo
volteé y lo miré. El pata tapó el
huequito y salió corriendo. Como yo no
había quitado nada —que era lo que el pata esperaba— también salí rápido. Estaba de espaldas, y me sorprendió que
entrara a mi salón. Yo le quería
hablar, pero justo enfrente de mí estaban mis amigos de la academia y me
hicieron el pare, me hablaron, no sé qué cosa me dijeron. Pero yo vi que entró a mi salón, y ahí lo vi
y lo reconocí. Parece que él estaba de
mirón. Lo que quería nada más era ver a
los chicos orinando, no quería hablar.
Yo no quería sacarle el habla porque se notaba que era tímido, mucho
roche para él. Para mí también.
Pasó el ciclo, y seguía la amistad con Wilmer, mi
pata de la Trener. Éramos más amigos
que nunca, porque me contaba más cosas, algunas por chisme y otras porque me
tenía confianza. Empecé a ir a su casa,
conocí a su familia. Pasó el primer
ciclo. Saqué unas notas terribles, dos
jalados. Estaba depre por eso. «Éste es el primer semestre. ¿Cómo voy a llevarlo así?» Además, parece que el rector de Generales se
dio cuenta de que ya el baño estaba tan pervertido —porque de verdad esa era la
palabra, habían hecho tantos huecos, habían hecho tantas pintas, que el baño
era una porquería— que cerraron el baño todas las vacaciones y lo
arreglaron. Lo cambiaron a más o menos
como está ahora. Entonces la gente ya
no se animó a escribir otra vez. Por
ahí los mocosos, los cachimbos, comenzaron a escribir de fútbol, de Alianza,
pero volvían a lijar. Hicieron eso
incluso dos veces, o sea, volvieron a cambiar todos los baños, porque estaban
demasiado rayados. Ya se notaba que era
otro ambiente. Entonces yo me quedé
palteado. Decía: «¿Y ahora dónde voy a conocer chicos?»
En el Confidencial había una lista de
lugares para citas. También había
mensajes de patas buscando patas.
Entonces yo empecé a llamar. Una
vez llamé a uno. El aviso decía: «Preguntar por tal nombre». Me respondió una chica, normal, pero cuando
pregunté por el nombre, ¡me mandó tal cantidad de lisuras! «¡Oye, conchetumadre, cabro, qué te
pasa!». ¡Me lo dijo todo a la vez! Yo me puse triste porque no entendía por qué
me estaba diciendo eso. ¡Ni siquiera le
había dicho quién era! Después contestó
el pata: «¿Aló? ¿Qué quieres, cabro? ¿Qué quieres, conchetumadre?» Me empezó a hablar así, todas seguidas,
todas al hilo. Le colgué. Después llamé a otro lugar. Nada que ver, no me dieron razón.
Arreglaron los baños. Yo decía: «¿Dónde consigo
gente? ¿Dónde hablo con gente?» Yo quería hablar, no me interesaba nada
más. Yo tenía claras mis ideas acerca
de la homosexualidad. Sabía lo que era,
sabía que no era un pecado. Lo que yo
quería saber era cómo era un homosexual en sí, o sea, cómo llevaba su vida, y
no había con quién hablar. Con mis
papás, de hecho que no. Mis papás se
oponen a eso, tienen unas ideas tontas.
Me ponía muy triste porque decía:
«De nada sirve tener tantas ideas, y saber que de verdad estoy en lo
correcto, si no hay nadie como yo, si todos son unos chupadazos que no quieren
hablar». Estaba depre, o sea, casi
estaba por mandar todo esto al diablo, porque de verdad era para volverse loco. Qué sé yo, era como si fuera el único con
dos manos.
Una vez de casualidad encontré un baño que hay
detrás de Física. Parece que los que
escribían se fueron allá. Era una
réplica de lo que pasaba en Generales, pero en chiquito. Había pintas, había huecos, el baño era
terrible. No era como el de Generales,
que ahora estaba limpio. Estaba
cochino, hasta ahorita está así, maltratado.
Se notaba que ahí había mucho ambiente.
Una vez estuve hasta la noche por ahí.
Entonces fui y me encontré con uno.
Como yo me acordaba de lo que pasó con el pata del tercer día de clases,
le pasé un papelito, y empezamos a escribirnos. La clásica, lo primero que me preguntó fue: «¿Qué eres?
¿Activo o pasivo?» Después me
dice: «¿Qué quieres hacer?» «No sé.
¿Qué quieres hacer tú?» Lo que
generalmente me decían los patas era:
«Quiero masturbarme contigo», «Quiero estar contigo». Yo los mandaba a la mierda, porque no me
interesaba. Pero esa vez —bueno, yo
estaba tan arrecho— le dije al pata:
«Ya pues. ¿Dónde?» Me dice:
«Aquí». Ahí me palteé. «¿Cómo va a ser aquí?» Pero era de noche, y en ese lugar no pasa
nadie. «Bueno, pues». El pata estaba en un baño que está en un
extremo, y me abrió. Entré, y al igual
que con todos los patas, lo primero que hice fue extender la mano y decir:
«Hola». Nunca traté a nadie, hasta
ahora, como si fuera un objeto sexual.
Esa no es mi forma de ser.
Entonces lo saludé como a un amigo.
El pata ni siquiera me saludó.
De frente se sacó su camisa —era flaco, horrible— y se acercó a mí. Me dijo:
«Sácate la camisa». Se acercó
despacio y me dio un beso en la mejilla.
Yo ahí sí estaba frío. Ahí es
donde empecé a comprender que yo estaba mal.
Una cosa era lo que había pasado con mi amigo de barrio: éramos conocidos y todo pasaba en mi casa,
en circunstancias en que los dos queríamos.
Pero otra cosa muy diferente era estar con un pata desconocido, en un
lugar extraño, y en circunstancias en que no quería hacer nada.
Pero tal vez el hecho de querer conocer gente, de
querer conocer amigos, me llevó a eso.
Por suerte no me besó en la boca, no quería tampoco. Me empezó a tocar la espalda y la empezó a
masajear. No hice nada porque estaba
tieso, no sabía qué hacer. Mi idea de
relación sexual no era ésa. El pata me
dijo: «Te la chupo». Así, de frente. Yo no quería. El pata me
empezó a masturbar. Después me
dijo: «Chúpamela». Le dije:
«No, no quiero». Ni siquiera me
imaginaba que se podía hacer eso. No me
gustaba, qué asqueroso. Acercó mi mano
para que lo tocara. Saqué mi mano, y le
dije: «Mejor aquí queda». Me volví a poner el polo, el pata también, y
me fui. Estaba traumado, porque eso no
era para mí una relación. Era
masturbación. Además, ese pata era
mayor que yo. Si yo tenía diecisiete,
el pata tenía por lo menos veinticinco.
Empecé a asustarme de todo lo referente a la homosexualidad. Viéndolo a él que era así a esa edad —a la
que lo normal sería tener pareja, o algo así—, que estaba en ese plan, de
pronto pensé: «¿Qué tal si todos son
así?» Empecé a tratar de entender por
qué el pata era así. Razoné así: había gente que empezó como yo, que quería
buscar gente, que no conocía gente. Por
ahí conocieron un pata así, les gustó, se quedaron en ese plan, y no pensaron
en más. Yo pensé que esa iba a ser mi
forma de ser, pensé que ese era el destino de un homosexual en el Perú. Me asusté bastante. Me acuerdo que después de que pasó eso, me
quité al paradero casi a rastras, pues sentía que mis piernas no tenían
fuerzas. Me encontré con unos amigos
del salón y empezamos a hablar. Mi
cabeza estaba perdida, como en la luna.
Llegué a mi casa tan débil que era como si no hubiera comido en una
semana.
Mi único consuelo era que desde cachimbo por ahí me
dijeron que había Internet, y comencé a chatear con los chicos de
ambiente. Yo chateaba en Geocities,
sabía inglés y normal. Chateaba con
chicos de mi edad, y empecé a saber cómo era su comportamiento. Ahí nunca te preguntan si eres activo o
pasivo: sólo te preguntan medidas. Con los chicos más lo que pasaba era
excitarnos. Me emocionaba tanto hablar
con un chico de mi edad que me excitaba.
Por ahí él me daba su mail, y nos escribíamos un par de veces. La clásica, «¿Cuándo fue tu primera
vez? ¿Con un chico? ¿Con una chica?», pero nada más. De lo que era el ambiente en el Perú no
sabía nada. Yo entendía que la gente lo
que quería era excitarse, nada más. Yo
lo entendí como normal. Era
emocionante, era como para un chico ver películas porno.
Lo que pasó con ese chico en el baño me chocó. Yo supuse que esto se me pasaría a los
veinte, veintidós. Pero ver a un chico
—ni siquiera un chico, un joven— en ese plan me chocó bastante. Lo más frustrante era no saber a quién
contárselo. Mi pata, que la chica por
aquí, que la chica por allá. En mi casa
no, en la vida. Ya para ese momento me
acostumbré a no decir nada a nadie en mi casa.
No había forma de conocer gente.
Empecé a volver a ese lugar. Yo
quería un amigo, quería un amigo para conversar. Otra vez, tanteando gente, me empezaban a pasar papelitos. Toda la gente quería eso: sexo, sexo, sexo. De frente me preguntaban:
«¿Qué eres? ¿Activo o
pasivo? ¿Qué quieres hacer?» Tuve contacto con varios patas, pero no lo
que es una relación sexual en sí, sino qué sé yo, por ahí tocarnos. Tuve contacto con otro dos o tres patas,
pero no pasó a lo que es una relación sexual.
Por ahí que sí quería eso, tal vez hasta ahora quiero, pero no era lo
que buscaba. Era algo que me
encontraba, pero no era lo que yo buscaba, y me estaba palteando más. No había forma de encontrar gente.
Estaba deprimido, y en las notas empecé a salir
mal. Mis papás no entendían por qué
estaba tan mal. No era fácil
sobrellevar los cursos sabiendo que tienes un problema y que no tienes con
quién hablarlo. Seguí buscando
gente. Lo que más me llegaba de la
gente de los baños era su desprecio. No
desprecio, sino su indiferencia a lo que yo buscaba. Yo todo inocente, a todos los chicos les daba la mano, y a ellos
les llegaba, de frente se sacaban la camisa, te juro. Había patas que eran recontra conchudos. Ni siquiera estaba entrando, y los patas ya
sacaban plan. Por ahí hablábamos un
poco, nada más.
Los patas tenían veinticuatro, veinticinco,
veintiséis. Lo que yo quería era un
chico de mi edad, para hablar. Otra
cosa era encontrarme con patas mayores —al menos para mí— porque hasta entonces
yo sólo había tratado con chico de mi edad.
En la universidad los cachimbos eran en su mayoría de mi edad, pero yo
no los veía en el baño. Si hubiera
visto un cachimbo como yo en ese lugar, bacán, pues. Aunque sea si me pedía tener sexo yo le hubiera dicho que
sí. Pero a los que me encontraba, yo
les preguntaba: «¿Qué edad
tienes?» Tenían veinticinco,
veintiséis. Algunos hasta llegaban a
los treinta. Había patas mayores, que
yo los he visto que trabajan en la Católica, de cuarentaitantos.
A la par estaba con Wilmer, mi amigo de la
academia, que también andaba mal en los estudios. Yo lo ayudé bastante a estudiar.
Los dos éramos, somos amigos hasta ahora. Cuando nos jalaron a los dos en MBB, yo lo hacía estudiar, porque
el pata era un poquito relajado. Sus
papás eran también así como los míos, provincianos. Tenían su negocio familiar en Larco, en Miraflores. Al pata lo metieron para que atendiera el
negocio. Alucina, teniendo que
estudiar, de cachimbo estaba ahí vendiendo.
En el primer ciclo lo jalaron en tres cursos: MBA, MBB y Química. Al
siguiente ciclo otra vez lo volvieron a jalar.
Yo me superé un poquito, y nos distanciamos más. Para el tercer ciclo todavía estaba llevando
MBB —yo ya estaba un poquito más adelante, ya había pasado todas las Químicas—
y triqueó. Tiempo después de que se fue
de la universidad, me dijo, casi riéndose, con una risa nerviosa, que sus
amigos lo habían invitado a una discoteca de ambiente. Entonces yo me interesé. Ellos, supuestamente, un día le dijeron por
broma: «Te vamos a llevar a una
discoteca, ¿ya?» Entonces lo llevaron a
«Splash». Supuestamente después de un
ratón se dio cuenta de que los chicos se empezaban a besar, de que no había
chicas, y la adivinó. Me dijo que lo
tomó como que sus amigos le estaban haciendo una broma. Yo en mi mente le decía: «¡Qué lechero!» Al mes me contó que volvió a ir.
Yo le decía: «Oye, si tan
interesante te parece, vamos pues un día, yo te acompaño para ver cómo es eso».
Acabado el 97-II estuve jalado otra vez. Yo me di cuenta de que era por esto. No era porque paraba mucho tiempo en lo del
bañito ese. El problema era que,
emocionalmente, eso me afectaba, y creo que hasta ahorita, porque a veces me
impide concentrarme a la hora de dar los exámenes, y cometo errores
tontos. Cuando una pregunta ya está
probada, meto una huevada y me jalan, así es hasta ahora. Yo decía:
«De continuar esto, no voy a llegar a nada». Estaba por mandar al diablo todo, todo. Nunca pensé en el suicidio, pero tal vez sí en un
aislamiento. Bueno, para el verano del
97 al 98 ya estaba hasta el queso. Por
suerte mis propias ideas de alguna manera me habían ayudado a sobrevivir. Porque imagínate, siendo un católico normal,
que me pasen esas cosas, ¡yo hubiera estado neurótico en un hospital! Yo no sé cómo de verdad no he estado en un
hospital. Yo caminando por el
tontódromo veía gente, se notaba cómo me miraban, la clásica. Siempre la gente miraba de reojo. «¡Ya pues!
¿Que esa no es una loca? ¡Por
favor!» Yo los miraba más que todo para
que respondieran, pero los muy chupados se volteaban, «¡Ay, yo no fui!», y se
quitaban. Había tantos, pero de esos el
noventa por ciento eran chupados, y el diez por ciento estaban en el baño de Física. ¡Ya me estaba rayando, pues! Ahí sí, estaba casi neurótico.
Yo me quería ir.
Esa era la única forma de liberarme de todo. Yo decía que si no me iba de acá, de este ambiente, me iba a
volver loco, porque de verdad eso era lo que iba a pasar. Había tomado la decisión de seguir mi forma
de ser, de seguir mis propios instintos, y mira lo que me había pasado. Yo dije:
«¡Mejor me largo! ¡Me voy al
Cusco de vacaciones!» Para colmo de
males me jalan. Estaba jalado en Física
I, ya era bica. Bica de Matemática B,
prerrequisito para Física I, y bica de Física I otra vez. Entonces ese día mi papá me habló
seriamente: «¿Qué pasa contigo que
estás mal?» Yo le dije: «Voy a estudiar». Por suerte me dijo: «Te
hemos prometido que vas a viajar, así que vas a viajar». Esa misma noche, después de que me gritó —me
gritó, pues, en verdad, porque tampoco había razón para que me jalaran— yo le
dije, casi llorando: «Hay cosas que tú
no sabes. Tienes razón con lo de los cursos,
pero dejando de lado eso, quiero hablarte de otras cosas. Hay cosas que tú no sabes, que yo me he dado
cuenta que no puedo hablar contigo».
«¿Por qué? ¿Por qué no vas a
hablar conmigo?» «Yo he notado tu forma
de ser, la forma de ser de los dos —hablando también de mi mamá—, yo los
conozco bien. Yo no digo que sean
malos, pero yo me he dado cuenta de que hay cosas que no me van a
entender. Yo no te estoy diciendo esto
como una excusa para mis cursos, pero hay cosas que no van a entender, que sin
embargo me pasan, que de alguna manera quisiera hablar con ustedes, pero no se puede». «¡Pero qué cosas, habla, habla!» Lo primero que me dijo fue: «¿Qué cosa?
¿Quieres salirte de la universidad?»
Lo miré. Estaba casi llorando, y
me puse serio: «¿Pero cómo voy a querer
salir de la universidad?» Después me
dijo. «¿Qué, te gusta una chica?» ¡Peor, todavía! ¡Recién me pregunta eso, teniendo dieciocho años! Le dije:
«No es eso». Casi le digo, esa
vez casi le digo, pero estaba llorando, esa vez estaba recontra triste. Entonces le dije: «No te lo voy a decir ahora, pero ten presente esto. Ahora ya pasó esto de los cursos, yo sé que
estoy jalado, pero acuérdate de lo que te estoy diciendo. No te estoy metiendo ninguna excusa, no
estoy disculpándome de nada, pero ten presente esto». No lo entendió, de hecho que en ese momento no lo entendió. Después llegaría a entender.
Como iba a la casa de mi amigo Wilmer, que está en
Larco, empecé a dar vueltas por Miraflores.
Como yo salía de la universidad con él, y llegábamos tarde de las
prácticas —que a veces acaban a las 7:30 de la noche—, me di cuenta de que en
el Parque Kennedy, en la famosa Rotonda en donde hacen espectáculos casi
folkóricos al aire libre, había grupitos de ambiente, más que todo
muchachos. Los empecé a ver bien, y
dije: «Estos son, de hecho que
son». Pero tampoco había forma de
hablarles, porque ellos andaban en grupos.
Yo prefería un contacto de uno a uno, que estar metiéndome a hablar con
un grupo de desconocidos. Sería una
desventaja, porque ellos eran varios y yo uno que no sabía nada. Ellos sí eran obvios. En la Católica, en esos baños, amanerados,
amanerados, habré visto uno o dos. Se
notaba que eran, pero se reprimían en todo, excepto para hacer esas cosas. Eso era lo que más me llegaba. Si hubiera sido al revés, bacán. Hubiera preferido que una loca se me acerque
en ese plan, en vez de un reprimido, un hipócrita. En cambio a los de la Rotonda, no sé, los veía más sueltos. Pero pucha, no había forma de hablar con
ellos. Por ahí escuché que decían: «Ay, sí, el “Splash”, me fui al “Splash”».
Para fin de año estaba hasta el queso, recontra
palteadazo. Como había visto a los
chicos de la Rotonda, dije: «Quiero
conocerlos». Busqué un momento
apropiado, y fue en Año Nuevo. En Año
Nuevo hubo una fiesta en mi casa, una fiesta grande. Como no me interesaba estar ahí, dije: «Mamá, me han invitado a una discoteca, así que me voy». Entonces me dio permiso. Fui a Miraflores, jurando que los iba a
encontrar ahí. Les iba a hablar, seguro
que se iban a ir a una discoteca gay.
Aunque no tenía todavía documentos, seguro me podían dejar entrar. Cuando fui a la Rotonda de Miraflores, no
había nadie, ni un alma. Eran las nueve
o diez. Era el 31 de diciembre del
97. No había nadie, me palteé. Dije, «Pucha, qué pasa acá». Nunca había estado en Año Nuevo en la calle,
todos años lo pasaba en la casa. Fui
donde mi amigo Wilmer, a su tienda. Le
digo: «¿Qué vas a hacer en Año
Nuevo?» Le dije que me habían invitado
a una discoteca. Él también me
dijo: «Sí, yo también me voy a una
discoteca». ¡Y se fue, pues, él se fue
al «Splash» y ahí lo pasó! No le podía
decir que también iba, porque ya le había dicho que lo iba a pasar en otro
lado.
Entonces me quedé solo. Me acuerdo que estaba lloviendo, incluso. Me senté en la Rotonda a ver, y estuve
meditando un poco. Había un grupo de
borrachos, la clásica. Decía: «¿Dónde mierda están esos chicos? ¡Justo en el momento que tengo tiempo para
hablar!» Teniendo toda la noche por
delante —porque tenía ganas de quedarme hasta la madrugada— no los encontraba. Vi un par caminando, pero se fueron. Por ahí dijeron: «¡Vamos a pasarla en el “Splash”!». Todos los chicos iban a la discoteca, por eso no estaban. No había nadie, en el parque habría 100
personas, pero distribuidas por todos lados.
En la Rotonda estaba la mayor cantidad de gente, pero gente mayor,
mujeres y borrachos. Ni siquiera eran
las once y ya estaban borrachos. Estaba
algo triste, no encontraba gente. Mi
amigo Wilmer se había ido a la discoteca de ambiente y yo no estaba con él. No podía volver a mi casa porque estaba
aburrido, no iba a estar con todas las tías.
Yo me quería ir.
Entonces volteo, y había un señor a mi costado. «¿Qué hora tiene, señor?» «Diez y media». «Ya, gracias». Seguí
pensando, hueveando, y el pata se me acercó:
«No pasa nada acá, ¿no es cierto?»
«Sí, pues, qué raro. ¿Pero
siempre es así?» «Antes había más
cosas. A esta horas todo el mundo
estaba reventando cohetes». Empezó a
sacarme conversación. El pata tendría,
así al ojo, unos 35. Yo no sé sacar la
edad. Era un pata gordo, blancón,
colorado, un poco rubio, y andaba con un buzo.
Le hablé porque era el único pata que estaba a mi costado, para
preguntarle la hora. El pata se acercó
y me empezó a hablar: «¿De dónde
eres? ¿Vives por acá?» «No, vivo por allá» «¿Y qué haces por acá?» «Vine a ver el Año Nuevo, porque mi amigo
vive por acá». Me empezó a hablar así,
a meter floro: «¿Y tú qué tomas?» «No, yo no tomo». «¿No tomas nada?» «No, yo
no tomo para nada». «¿No tomas ni
siquiera una cerveza?» «No, señor,
nada, nada». Estuvo un rato callado, y
después otra vez volvió a hacerme el habla, floro nada más, y después me
dijo: «Estoy cansado. ¿Qué tal si vamos a un lugar a comer? Te invito a comer». «No señor, gracias». De verdad, no estoy acostumbrado a recibir
cosas de extraños, ni siquiera de amigos.
Insistió: «Vamos, no importa, te
invito una gaseosa». Como no había con
quien hablar, dije: «Ya, vámonos,
pues».
Fuimos a la Calle de las Pizzas. Parece que el pata era conocido, porque se
metió a una pizzería y toda la gente lo saludó. Pidió una mesa. Nos
sentamos en una mesa ovalada chiquita, esas de plástico, dentro de un local. Me decía:
«Pero ven, siéntate a mi costado».
¡Ya, pues, ya la vi! Le dije al
pata: «¿Te puedo hacer una pregunta,
pero no te enojas?» «¿Qué cosa?» Así le dije, de frente, con toda
frialdad: «¿Eres gay?» «¡Ay, me has dejado frío!» «Pero dime, pues, ¿eres gay?» «No sé, es que mira...» Me empezó a meter floro, pero de hecho que
era un sí. Le pregunté: «¿Por qué me hablaste?» «Te vi que querías hablar». Por joderlo, le dije: «Yo soy flete». «¿Ah, sí?» «Sí, soy
flete. ¿Y tú andas con fletes?» «No, es que sabes, a mí me gusta ayudar a
los chicos como tú. A veces conozco
chicos, nos hacemos amigos, salimos, hacemos cosas, y bueno, después me gusta
darles lo que necesiten. Por ejemplo,
si necesitan ropa, si necesitan zapatos, vamos a Polvos Azules a comprar. Me gusta llevarlos al club, yo estoy en el
Regatas». Yo me reí nomás.
El pata se dio cuenta de que yo era gay, porque me
quedé mirando a un chico que estaba ahí.
Yo estaba harto de ver en los baños tanta hipocresía, así que le hablé
de frente: «Tú dime, ¿qué quieres
hacer? ¿Qué quieres que pase?» El pata me dice: «Ay, bueno, ya te he dicho, sólo quiero ayudar a chicos como
tú». Me metió un barajo. ¡Me daba más cólera el huevón! Entonces me dijo: «Sabes, tengo una fantasía.
Quisiera conocer un chico como tú, estar a solas en un cuarto y, qué sé
yo, por ahí tocarnos». Lo miré: de mentiroso tenía todas, se notaba al
toque. Me dijo: «No sé, si tú quisieras, podríamos hacer
algo así». Le seguí la corriente. «¿Y qué quisieras que pasara entre
nosotros?» «Ya te he dicho, por ahí
tocarnos, vernos, estar juntos nada más, en la cama». «¿Y dónde?» «En mi
casa. Podríamos ver tele, ahí tengo una
pantalla gigante». El pata tenía billete,
porque cuando vino la cuenta sacó su fajazo de billetes y pagó. Le dije:
«Ya pues, ¿cómo vamos a hacer?
¿Por dónde vives?» «Yo vivo por
acá, por Armendáriz». «¿Y vamos a ir
hasta allá?» Ahí me cambió de
rollo: «Mira, yo tengo acá una casa de
unos amigos, muy, muy privada. Ahí es
totalmente privado, callado, y podemos estar sin problemas».
¡Su «lugar privado» era una casa grandaza con un
letrerazo que decía «Hostal»! En el
mismo Miraflores, por Pardo, por donde estaba el local de Integra, más o
menos. ¡El muy maricón me había mandado
a un hostal! Le digo: «¿Me estás trayendo acá?» «Ay, ¿no te vas a arrepentir ahora, no es
cierto?» No sé por qué, pero la
seguí. Alguien salió del local, caminó
hasta las rejas, y abrió. Al pata ya lo
conocía, de hecho lo saludó. Al que no
conocía era a mí. Entonces, me vio como
un flete. Me miró por todos los
costados, y me palteé más. Una cosa era
lo que pasaba allá, en los baños, pero otra cosa era esto. ¡Una situación más explícita no podía
haber! Entramos a la recepción. Al costado había una casita. Había una viejita que estaba ahí, sentada y
se notaba que veía televisión. Me miró,
y yo la miré como quien dice:
«¡Ayúdame!». La señora se
asustó, pensó que yo la estaba mirando como quien dice: «¿Tú qué miras?» y cerró la puerta. Me
sentí mal. Había otro pata en la
recepción, y el pata empezó a hablar con él.
A mí ni me miró, me trató como un puto, literalmente, ni me miró. Yo entendía perfectamente la situación en la
que había caído y me sentía horrible.
¡Ni siquiera me había buscado a este pata, estaba ahí de casualidad! ¡Si yo me hubiera sentado en otro sitio
nunca le hubiera hablado!
Esa propiedad era grande, y la mitad eran puros
cuartitos. Después de meternos en un
laberinto de cuartos, entramos a uno chiquito.
No tendría ni siquiera diez metros cuadrados. Había una cama, no tenía ventanas, tenía un espejo que estaba más
o menos a la altura de la cama, largo, suficiente como para que se pudiera ver
todo. ¡En la pared había un póster de
Lucero, alucina! ¿Qué tenía que hacer
esa mierda ahí? Después había pósters
de chicas, pero parece que ese lugar también lo frecuentaban patas de ambiente. Había muchos cuartos cerrados, así que de
hecho había gente ahí. Entramos, y el
pata ahí sí se mostró como era. Dijo: «Quítate la ropa». Le contesté: «No, no
quiero». Le dije que esto no era lo que
yo estaba esperando, porque de hecho que ni en sueños iba a pensar que iba a
pasar esto. El pata me dice: «No me vas a hacer esto ahora, que ya
estamos acá, cuando ya le pagué». Me
engañó, yo no me busqué esto. Sabía que
algo podía pasar, pero pensé que podía ser algo controlado, quizá como lo que
pasaba en el baño, allá, en la Católica.
Pero este pata fue a más. Me
cagó. Entramos, me hizo sacar todo. El pata todo conchudo, de gay tenía todas,
de jugador tenía más. Me hizo que me
echara, se puso a un costado mío, me empezó a tocar, y a decir cosas. Era más pasiva esa huevona: «Ay, este es mi hombrecito, tú eres mi
hombrecito». ¡Una loca, una locaza! Y eso me asustó más porque era el típico
chico que encontraba allá, en los baños, pero este no tenía veintitantos, este
tenía treintaitantos. Yo decía: «¿Así se empieza y así se termina?» Ahí me estaba traumando más.
Era Año Nuevo.
Los cohetes sonaban y yo estaba en un cuartito de hostal con un
desconocido. Pensaba, «¿Cómo voy a
pasar el Año Nuevo así?» Si no me ponía
a llorar, era porque estaba el pata ahí.
Se puso encima de mí, y quería que tuviéramos sexo, sexo oral, sexo
anal, él quería todo. Pero yo no
quería, eso ni siquiera era tener sexo, era perversión. Nunca había estado en una situación
así. Me palteé, me puse serio y le dije
así, de frente: «No, eso no». «Ay, pero cómo vas a ser así» «¡No!».
No pasó de un contacto, nada más.
De suerte que el pata no era activo, por que si no, tal vez hasta me
hubiera pegado para obligarme a hacer algo, porque ahí nadie me hubiera ayudado. Pero el pata era más maricón. Y juraba:
«Esta es tu primera vez». La
primera vez que hacía eso sí, pero el pata pensaba que era la primera vez que
tenía sexo. Después me invitó una
gaseosa y me dio su teléfono. Me
dijo: «Tú me vas a llamar, y vamos al
Regatas». Así me estaba diciendo que
quería que fuera su gígolo o algo así.
Nos quitamos de ese lugar. Ya no
le hablé. Estaba enojado, porque eso no
era lo que me había esperado. Me quité
nomás. Cuando volví al parque Kennedy,
ya había gente en las calles, reventando cohetes, toda alegre, recibiendo el
Año Nuevo. No quise estar más por ahí,
así que me quité a casa. La fiesta
familiar todavía continuaba. Saludé a
mis papás y a todo tío o tía que conocía, pero con una cara de pariente de difunto, muy triste. Estuve un ratito con ellos y me fui a
dormir, pues necesitaba descansar.
Ya era el 98. Me quedé con una duda grande. Quería pararla ahí, pero eso significaba parar todo, o sea no sólo eso, sino parar lo de la Rotonda, lo de la Católica. Era salirme de la Católica, dejar todo, todo el ambiente, porque ya estaba asqueado. Por eso es que no me gustaba andar con adultos, con tremendos ejemplares que me habían tocado. Eran unos asquerosos de mierda, no quería andar con ellos. Veía que el tiempo pasaba y las cosas seguían así. «O dejo esto, o lo que me espera es seguir a ese pata y convertirme, qué sé yo, en un flete». Ahí fue donde entendí cómo empiezan, qué es lo que sienten los fletes. Sin serlo, me sentía como uno de ellos, tal vez porque en determinadas circunstancias sí lo parecí. Estaba realmente en el piso, me quería morir. No dije nada de esto a mis papás, obviamente. Entonces me di cuenta de que el 98 iba a ser fuerte.
Recuerdos de Familia
Recopilador: Von Gloeden ( von_gloeden@yahoo.com )
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